¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los reyes!
¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza, que los ángeles del cielo bajan a su vez para servirle!
Estas versos eran, efectivamente, tan maravillosos y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados por Hassán, que el eunuco se conmovió y se sentió halagadisimo, hasta el punto de que, cogiendo de la mano a Agib, entró con él en la tienda.
Entonces Hassán Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró a hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y almendras mondadas, perfumado todo deliciosamente y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy complacido: “¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como provechoso!
Agib, después de probar los primeros bocados, invitó a sentarse al pastelero, y le dijo: “Puedes quedarte con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos.” Y Hassán Badreddín se apresuró a replicar: “Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan joven, la pérdida de un ser querido?” Y Agib contestó: “¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! Porque mí abuelo y yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca.” Y Agib, al recordar su desgracia, rompió a llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel dolor lloraba tambien. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de sentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de granada perfumada, dispuesta con tanto arte, comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.
Pero como apremiaba el tiempo, Hassán no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.
Y apenas se hubo marchado Agib, Hassán sintió que su alma se iba con él, y no pudo sustraerse al deseo de seguirle. Cerró en seguida su tienda, y sin sospechar que Agib era su hijo, marchó a buen paso, para alcanzarles antes de que hubiesen traspuesto la puerta principal de la ciudad.
Entonces el eunuco se apercibió de que el pastelero les seguía, y volviéndose hacia él, le dijo: “Pastelero, ¿por qué nos sigues?” Y Badreddín respondió: “Tengo que despachar un asunto fuera de la ciudad, y he querido alcanzaros para qué vayamos juntos y regresar después en seguida. Además, vuestra partida me ha arrancado el alma del cuerpo.”
Estas palabras indignaran profúndamente al eunuco, que exclamó: “¡Parece que va a salirnos muy caro el dichoso dulce! ¡Qué maldito tazón! ¡Este hombre nos lo va a amargar! ¡Y he aquí que ahora nos seguirá a todas partes!” Entonces, Agib, al volverse y ver al pastelero, se puso muy colorado, y balbuceó: “¡Déjalo, Said, que el camino de Alah es libre para todos los musulmanes!” Y añadió después: “Si viene hasta las tiendas, ya no habrá duda de que nos persigue, y entonces lo echaremos.” Y dicho esto, Agib bajó la cabeza y continuó andando, y el eunuco marchaba a pocos pasos detras de él.
En cuanta a Hassán, no dejó de seguirles hasta el meidán de Hasba, dónde estaban las tiendas. Y entonces Agib y el eunuco se volvieron, viéndole a pocos pasos detrás de ellos. Y esta vez acabó por enfadarse Agib, temiendo que el eunuco se lo contase todo a su abuelo: ¡que Agib había entrado en una pastelería y que el pastelero había seguido a Agib! Y asustado de que esto ocurriese, cogió una piedra y volvió a mirar a Hassán, que seguía inmóvil, contemplándole siempre con una extraña luz en los ojos. Y Agib, sospechando que esta llama de los ojos del pastelero era una llama equívoca, se puso aún más furioso y lanzó con toda su fuerza la piedra contra él, hiriéndole de gravedad en la frente. Después, Agib y el eunuco huyeron hacia las tiendas. En cuanto a Hassán Badreddin; cayo al suelo, desmayado y con la cara cubierta de sangre. Pero afortunadamente no tardó en volver en sí, se restañó la sangre, y con un trozo de su turbante se vendó la herida. Después comenzó a reconvenirse de este modo: “¡Verdaderamente, toda la culpa la tengo yo! He procedido muy mal al cerrar la tienda y seguir a ese hermoso muchacho, haciéndose creer que le acosaba con fines sospechosos.” Y suspiró después: “¡Alah karimi” Luego regresó a la ciudad, abrió la tienda y siguió preparando sus pasteles y vendiéndolos como antes hacía, pensando siempre, lleno dolor, en su pobre madre, que en la ciudad de Bassra le había enseñado desde muy niño las primeras lecciones del arte de la pastelería. Y se puso a llorar, y para, consolarse, recitó esta estrofa:
¡No pidas justicia al infortunio! ¡Sólo hallarás el desengaño. ¡Porque el infortunio jamás te hará justicia!
En cuanto al visir Chamseddin, tío del pastelero Hassán Badreddin, transcurridos los tres días de descanso en Damasco, dispuso que levantasen el campamento del meidán, y continuando su viaje a Bassra, siguió el camino de Homs, luego el de Hama y por fin el de Alepo. Y en todas partes hacía investigaciones. De Alepo marchó a Mardin, después a Mossul y luego a Diarbekir. Y llegó por último a la cuidad de Bassra.
Entonces, apenas hubo descansado, se apresuró a presentarse al sultán de Bassra; que le recibió con mucha amabilidad, preguntándole el motivo de su viaje. Y Chamseddin le relató toda la historia, y le dijo que era hermano de su antiguo visir Nureddin. Y al oír el nombre de Nureddin exclamó el sultán: “¡Alah lo tenga en su. gracia!” Y añadió: “Efectivamente, Nureddin fue mi visir, y lo quise mucho, y murió hace quince años. Y dejó un hijo llamado Hassán Badreddin, que era mi favorito predilecto; mas un día desapareció, y no hemos vuelto a saber de él. Pero en Bassra está todavía su madre, la esposa de tu hermano, e hija de mi antiguo visir, el antecesor de Nureddin.
Esta noticia -colmó de alegría a Chamseddin, que dijo: “¡Oh rey! ¡Quisiera ver a mi cuñada!” Y el rey lo consintió.
Chamseddin corrió a casa de su difunto hermano inmediatamente después de haber averiguado las señas. Y no tardó en llegar, pensando durante todo el camino en Nureddin, muerto lejos de él, con la tristeza de no poder abrazarle. Y llorando, recitó estas dos estrofas:
¡Oh! ¡Vuelva yo a la morada de mis antiguas noches! ¡Logre yo besar sus paredes!
¡Pero no es el amor a estos muros de la casa querida el que me ha herido en mitad del corazón, sino el amor al que en ella vivía!
Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando a un gran patio, en cuyo fondo se alzaba la morada. La puerta era una maravilla de arcadas de granito, embellecida con marmoles de todos los colores. En el umbral, sobre una magnífica losa de mármol, vio el nombre de su hermano Nureddin grabado con letras de oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se afectó mucho, recitando estas estrofas:
