西语阅读:《一千零一夜》连载四(13)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Y la joven, queriendo calmarme, recitó estos versos:

¡Oh tú, que pides un plazo antes de la separación y que encuentras dura la ausencia! ¿no sabes que es el medio de no encadenarse? ¿no sabes que es sencillamente el medio de amar?

¿Ignoras que el cansancio es la regla de todas las relaciones, y que la rup­tura es la conclusión de todas las amis­tades?...

Pero yo, sin hacer caso de estos versos que ella me recitaba, di un violento puntapié en la bóveda...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 13a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que el segundo saaluk prosi­guió su relato de este modo:

¡Oh señora mía! cuando di en la bóveda tan violento puntapié, la jo­venme dijo: “¡He ahí el efrit! ¡Ya viene contra nosotros! ¡Por Alah! ¡Me has perdido! Atiende a tu sal­vación y sal por donde entraste.”

Entonces me precipité hacia la escalera. Pero desgraciadamente, a causa de mi gran terror había olvida­do las sandalias y el hacha. Por eso, como había ya subido algunos pelda­ños, volví un poco la cabeza para dirigir la última mirada a las sanda­lias y al hacha que habían sido mi felicidad; pero en el mismo instante vi abrirse la tierra y aparecer un efrit enorme, horriblemente feo, que preguntó a la joven: “¿A qué obedece esa llamada tan terrible con la que acabas de asustarme? ¿Qué desgracia te amenaza?” Ella contestó: “Nin­guna desgracia. Sentí una opresión en el pecho, a causa de mi soledad, y al levantarme en busca de alguna bebida refrescante que reconfortara mi ánimo, lo hice tan bruscamente, que resbalé y fui a dar contra la cúpula.” Pero el efrit dijo: “¡Cómo sabes mentir, desvergonzada liberti­na!” Después empezó a registrar el palacio por todos lados, hasta encon­trar mis babuchas y el hacha. Y entonces gritó: “¿Qué, significan estas prendas? ¿Cómo han podido llegar aquí?” Y ella contestó: “Ahora las veo por primera vez. Acaso las lleva­rías tú colgando a la espalda, y así las has traído.” El efrit, en el colmo del furor, dijo entonces: “Todo eso son palabras absurdas, torpes y fal­sas. Y no han de servirte conmigo mala mujer.”

En seguida la puso sobre cuatro estacas clavadas en el suelo, y empe­zó a atormentarla, insistiendo en sus preguntas sobre lo que había ocurri­do. Pero yo no pude resistir mas aquella escena, ni escuchar su llanto, y subí rápidamente los peldaños, trémulo de terror. Una vez en el bos­que, puse la trampa como la había encontrado, la oculté a las miradas cubriéndola con tierra. Y me arre­pentí de mi acción hasta el límite del arrepentimiento. Y me puse a pensar en la joven, en su hermosura y en los tormentos que le hacía sufrir aquel miserable después de tenerla encerrada veinte años. Y aún me dolía más que la atormentase por causa, mía. Y en ese momento me puse a pensar también en mi padre, en su reino y en mi triste condición de leñador. ¡Esto fue todo!

Después seguí caminando, hasta llegar a la casa de mi amigo el sastre. Y lo encontré muy impaciente a causa de mi ausencia, pues se hallaba sentado y parecía que lo estuviesen friendo al fuego en una sartén. Y me dijo: “Como no veniste ayer, pasé toda la noche muy intranquilo. Y temí que te hubiese devorado algu­na fiera o te hubiera pasado algo semejante en el bosque; pero ¡alaba­do sea Alah que te guardó!” Enton­ces le di las gracias por su bondad, entré en la tienda, y sentado en mi rincón empecé a pensar en mi des­ventura y a reconvenirme por aquel puntapié tan imprudente que había dado en la bóveda. De pronto mi amigo el sastre entró y me dijo: “En la puerta de la tienda hay un hom­bre una especie de persa, que pre­gunta por ti y lleva en la mano, tu hacha y tus babuchas. Las ha presen­tado a todos los sastres de esta calle, y les ha dicho: “Al ir esta mañana a la oración, llamado por el muecín, me he encontrado en el camino estas prendas y no sé a quien pertenecen. ¿Me lo podríais decir vosotros?” En­tonces los sastres reconocieron tu hacha y tus sandalias y lo han enca­minado hacia aquí. Y ahí está aguar­dándote en la puerta de la tienda. Sal, dale las gracias, y recoge el hacha y las sandalias.” Pero al oír todo aquello me puse muy pálido, y creí desmayarme de terror. Y ha­llándome en este trance, se abrió de pronto la tierra y apareció el persa. ¡Era el efrit! Había sometido a la joven al tormento, ¡y qué tor­mento! Pero ella nada había decla­rado, y entonces él, cogiendo el hacha y las babuchas, le dijo: “Aho­ra verás si no soy Georgirus, des­cendiente de Eblis. ¡Vas a ver si puedo traer o no al amo de estas cosas!”

Y había empleado en las casas de los sastres la estratagema de que he hablado.

Se me apareció, pues, bruscamen­te, brotando del suelo, y sin perder un instante me cogió en brazos, se elevó conmigo por los aires, y des­cendió después para hundirme con él en la tierra. Yo había perdido por completo el conocimiento. Me llevó al palacio subterráneo en que ha­bía sido tan feliz, y allí vi a la joven, cuya sangre corría por su cuerpo. Mis ojos se habían llenado de lágrimas: Entonces el efrit sé diri­gió a ella y le dijo: “Aquí tienes a tu amante.” Y la joven me miró y dijo: “No sé quién pueda ser este hombre. No le he visto hasta ahora.”

Y replicó el efrit: “¿Cómo es eso? ¿Te presento la prueba del delito y no confiesas?” Y ella, resueltamente, insistió: “He dicho que no le conoz­co.” Entonces dijo el efrit: “Si es verdad que no le conoces, coge esa alfanje y córtale la cabeza. “Y ella cogió el alfanje, avanzó muy decidida y se detuvo delante de mí. Y yo, pálido de terror, le pedía por señas que me perdonase, y las lagrimas corrían por mis mejillas. Y ella me hizo también una seña con los ojos, mientras decía en alta voz: “¡Tú eres la causa de mis desgracias!” Y yo contesté a esta seña con una con­tracción de mis ojos, y recité estos versos de doble sentido; que el efrit no podía entender:

¡Mis ojos saben hablarte suficiente­mente para que la lengua sea inútil! ¡Sólo mis ojos te revelan los secretos ocultos de mi corazón!


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19