¡Cuando te apareciste, corrieron por mi rostro dulces lágrimas, y me quedé mudo, pues, mis ojos te decían lo necesario!
¡Los párpados saben expresar también los sentimientos! ¡El entendido no necesita utilizar los dedos!
¡Nuestras cejas pueden suplir a las palabras! ¡Silencio, pues! ¡Dejemos que hable el amor!
Y entonces la joven, habiendo entendido mis súplicas, soltó el alfanje. Lo recogió el efrit, y entregándomelo, dijo señalando a la joven: “Córtale la cabeza, y quedarás en libertad; te prometo no causarte ningún daño,” Y yo contesté: “¡Así sea”' Y cogí el alfanje y avancé resueltamente con el brazo levantado. Pero ella me imploraba, haciéndome señas con los ojos, como diciendo: “¿Qué daño te hice?'” Y entonces, se me llenaron los ojos de lágrimas y arrojando el alfanje, dije al efrit: “¡Oh poderoso efrit! ¡Oh héroe robusto e invencible! Si esta mujer fuese tan mala como crees, no habría dudado en salvarse a costa de mi vida. Y en cambio ya has visto que ha arrojado el alfanje. ¿Cómo he de cortarle yo la cabeza, si además no conozco a esta joven? Así me diesen a beber la copa de la mala muerte, no habría de prestarme a esa villanía.” Y el efrit contestó a estas palabras: “¡Basta ya! Acabo de sorprender que os amáis. He podido comprobarlo.”
Y, entonces; ¡oh señora mía! cogió el alfanje y cortó una mano, de la joven y después la otra mano, y luego el pie derecho y después el izquierdo. De cuatro golpes sacó las cuatro extremidades: Y yo, al ver aquello con mis propios ojos, creí que me moría.
En ese momento la joven, guiñándome un ojo, me hizo disimuladamente una seña. Pero ¡ay de mí! el efrit la sorprendió, y dijo: “¡Oh hija, de tal! Acabas de cometer adulterio con tu ojo.” Y entonces de un tajo le cortó la cabeza. Despues, volviéndose hacia mí, exclamó, “Sabe, ¡oh tú ser humano! que nuestra ley nos permite a los efrits matar a la esposa adúltera, y hasta lo encuentra lícito y recomendable. Sabe que yo robé a esta joven la noche de su boda, cuando aún no tenía doce años. Y la traje aquí, y cada diez días venía a verla, y pasábamos juntos la noche, pero hoy, al saber que me engañaba, la he matado. Sólo me ha engañado con un ojo, con el que te guiñó al mirarte. En cuanto a ti, como no he podido comprobar tu falta, no te mataré; pero de todos modos, algo he de hacerte para que no te rías a mis espaldas y para humillar tu vanidad. Te permito elegir el mal que quieras que te cause.”
Entonces, ¡oh señora mía! al verme libre de la muerte, me regocijé hasta el límite del regocijo, y confiando en obtener toda su gracia, le dije; “Realmente, no sé cuál elegir de entre todos los males; no prefiero ninguno.” Y el efrit, más irritado que nunca, golpeó con el pie en el suelo, y exclamó: “¡Te mando que elijas! A ver, ¿bajó qué forma quieres que te encante? ¿Prefieres la de un borrico? ¿La de un mulo? ¿La de un cuervo? ¿La de un perro? ¿La de un mono?” Entonces yo, con la esperanza de un indulto completo y abusando de su buena disposición, le respondí: “¡Oh mi señor Georgirus, descendiente del poderoso Eblis! Si me perdonas, Alah te perdonará también, pues tendrá en cuenta tu clemencia con un buen musulmán que nunca te hizo daño.” Y seguí suplicando hasta el límite de la súplica, postrándome humildemente entre sus manos, y le decía: “No me condenes injustamente.” Pero él replicó: “No hables más si no quieres morir. Es inútil que abuses de mi bondad, pues tengo que encantarte necesariamente.”
Y dicho esto me cogió, hendió la cúpula, atravesó la tierra y voló conmigo a tal altura, que el mundo me parecía una escudilla de agua. Descendió después hasta la cima de un monte, y allí me soltó; cogió luego un puñado de tierra, refunfuñó algo como un gruñido, pronunció en seguida unas palabras misteriosas, y arrojándome la tierra, dijo: “¡Sal de tu forma y toma la de un mono!” Y al momento, ¡oh, señora mía! quedé convertido en mono. ¡Pero qué mono! ¡Viejo, de más de cien años y de una fealdad excesiva! Cuando me vi tan horrible, me desesperé y me puse a brincar, y brincaba, realmente. Y como aquello no me servía de remedio, rompí a llorar a causa de mis desventuras. Y el efrit se reía de un modo que daba miedo, hasta que por último desapareció.
Y medité entonces sobre las injusticias de la suerte, habiendo. aprendido a costa mía que la suerte no depende de la criatura.
Después descendí al pie de la montaña, hasta llegar a lo más bajo de todo. Y empecé a viajar, y por las noches me subía para dormir a la copa de los árboles. Así fui caminando durante un mes, hasta encontrarme a orillas del mar. Y allí me detuve como una hora, y acabé por ver una nave, en medio del mar, que era impulsada hacia la costa por un viento favorable. Entonces me escondí detrás de unas rocas, y allí aguardé. Cuando la embarcación ancló y sus tripulantes comenzaron a desembarcar, me tranquilicé un tanto, saltando finalmente a la nave. Y uno de aquellos hombres gritó al verme: “¡Echad de aquí pronto a ese bicho de mal agüero!” Otro dijo: “¡Mejor sería matarlo!” Y un tercero repuso. “Sí; matémoslo con este sable.” Entonces me eché a llorar, y detuve con una mano el arma, y mis lágrimas corrían abundantes.
Y en seguida el capitán, compadeciéndose de mí, exclamó: “¡Oh mercaderes! este mono acaba de implorarme, y queda bajo mi protección. Y os prohibo echarle, pegarle u hostigarle.” Luego hubo de dirigirme benévolas palabras, y yo las entendía todas. Entonces acabó por tomarme en calidad de criado, y yo hacía todas sus cosas y le servía en la nave.
