西语阅读:《一千零一夜》连载四(21)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Mientras me absorbían tan tristes pensamientos, divisé que venía por el mar una barca con gente. Enton­ces, temeroso de que me ocurriera algo desagradable, me levanté y me encaramé, a un árbol para esperar los acontecimientos. Al arribar la barca salieron de ella diez esclavos con una pala cada uno. Anduvieron hasta llegar al centro de la isla, y allí empezaron a cavar la tierra, dejando al descubierto una trampa. La levantaron, y abrieron una puerta que apareció debajo. Hecho esto, vol­vieron a la barca, descargando de su interior-y echándose a hombros gran cantidad de efectos: pan, harina, miel, manteca, carneros, sacos llenos y otras muchas cosas; todo, en fin, lo que pueda desear, quien vive en una casa. Los esclavos siguieron yendo y viniendo del subterráneo a la barca y de la barca a la trampa, hasta vaciar completamente aquella, sacan­do luego trajes suntuosos y magní­ficos, que se echaron al brazo; y entonces vi salir de la barca, en medio de los esclavos, a un anciano venerable, tan flaco y encorvado por los años y las vicisitudes, que apenas tenia apariencia humana. Este jeique llevaba de la mano a un joven her­mosísimo, moldeado realmente en el molde de la perfección, rama tierna­ y flexible, cuyo aspecto hubo de cautivar mi corazón.

Llegaron hasta la puerta, la fran­quearon y desaparecieron ante mis ojos. Pero pasados unos instantes, subieron todos menos el joven; en­traron otra vez en la barca y se alejaron por el mar.

Cuando los hube perdido de vista, salté del árbol, corrí hacia el sitio donde estaba la trampa, que habían cubierto otra vez de tierra, y la qui­té de nuevo. Entonces descubrí la trampa, que era de madera y del tamaño de una piedra de molino, la levanté con ayuda de Alah, y vi que arrancaba de ella una escalera abovedada. Descendí poseído de asombro sus peldaños de piedra, y me encontré al fin en un espacioso salón revestido de tapices magníficos y colgaduras de seda y terciopelo. En un diván, entre bujías encendi­das, jarrones con flores y tarros llenos de frutas y de dulces, aparecía sentado el joven, que estaba hacién­dose aire con un abanico. Al verme se asustó mucho, pero yo le dije con mi más armoniosa voz: “¡La paz sea contigo!” Y él contestó, tranquilizán­dose: “¡Y contigo sea la paz, la misericoria de Alah y sus bendicio­nes!” Yo le dije: “¡Oh mi señor! Que tu corazón no se alarme. Aquí donde me ves, soy rey e hijo de un rey. Alah me ha guiado hasta ti para sacarte de este subterráneo, al cual sin duda te trajeron para que murie­ses. Pero yo te libertaré. Y serás mi amigo, pues me bastó verte para, estar predispuesto a tu favor.”

Entonces el joven, dibujando una sonrisa en sus labios, me invitó a que me sentase junto a él en el diván, y me dijo: “Sabe, ¡oh señor mío! que no me trajeron a este lugar para que muriese, sino para librarme de la muerte. Sabe también que soy hijo de un gran joyero, conocido en todo el mundo por sus riquezas y la cuantía de sus tesoros. Las cara­vanas que van por cuenta suya a lejanos países para vender su pedre­ría a los reyes y emires de la tierra han extendido su reputación por to­das partes. Al nacer yo, siendo ya él de edad madura, le anunciaron los maestros -de la adivinación que 'su hijo había de morir antes que su pa­ore y su madre; y mi padre, este día, a pesar del regocijo que le había cau­sado mi nacimiento y la felicidad de mi madre, que me dio al mundo después del término de nueve rieses, por voluntad de Alah, experimentó un dolor muy grande, sobre todo cuando: los sabios que habían leído en los astros mi suerte le dijeron: “Matará a tu hijo un rey, hijo de otro rey, llamado Kassib, cuarenta días después de que aquél haya arro­jado al mar al jinete de bronce de la montaña magnética.” Y mi padre el joyero quedó afligidísimo. Y cuidó de mí, educándome con mucho esme­ro, hasta que hube cumplido los quince años. Pero entonces supo que el jinete había sido echado al mar, y la noticia le apenó y le hizo llorar tanto, que en poco tiempo palideció su cara, enflaqueció su cuerpo y toda su persona adquirió la apariencia de un hombre decrepito, rendido por los años y las des­venturas. Entonces me trajo a esta morada subterránea, la cual mandó construir para sustraerme a la busca del rey que había de matarme cuan­do cumpliera yo los quince años, y yo y mi padre estamos seguros de que el hijo de Kassib no podrá dar conmigo en esta isla desconocida. Tal es la causa de mi estancia en este sitio.”

Entonces pensé yo: “¿Cómo po­drán equivocarse así los sabios que leen en los astros? Porque, ¡por Alah! este joven es la llama de mi corazón, y más fácil que matarlo me sería matarme.” Y luego le dije: “¡Oh hijo mío! Alah Todopoderoso no consentirá nunca que se quiebre flor tan hermosa. Estoy dispuesto a defenderte y a seguir aquí contigo toda la vida.” Y él me contestó: “Pasados cuarenta días vendrá a bus­carme mi padre, pues ya no habrá peligro.” Y yo le dije: “¡Por Alah! que permaneceré en tu compañía esos cuarenta días, y después le diré a tu padre que te deje ir a mi reino, donde serás mi amigo y heredero del trono.”

Entonces el mancebo me dio las gracias con palabras cariñosas; y comprendí que era en extremo cortés y correspondía a la inclinación que a él me arrastraba. Y empezamos a conversar amistosamente, regalándo­nos con las vituallas deliciosas de sus provisiones, que podían bastar para un año a cien comensales.

Al acercarse el día me desperté y me lavé, llevando al joven la palan­gana llena de agua perfumada para que asimismo se lavase, y preparé los alimentos y comimos juntos, hablando, jugando y riendo luego hasta la noche. Y entonces pusimos la mesa y cenamos un carnero relle­no de almendras, pasas, nuez mos­cada, clavo y pimienta. Y bebimos agua dulce y fresca, y tomamos también sandía, melón, tortas y pos­telillos tan finos y leves como una cabellera, en los cuales no se había escatimado la manteca, la miel, las almendras ni la canela. Y así deja­mos transcurrir, tranquilos y felices; hasta el día cuadragésimo. Este úl­timo día, como tenía que venir su padre, el joven quiso darse un buen baño, y puse a calentar agua en el caldero vertiéndola después en la tina de cobre y añadiéndole agua fría para hacerla más agrable. El joven entró en el baño, lavándose y. Perfumándose.

Al despertarse quiso comer algo, y eligiendo la sandía más hermosa y colocándola en una bandeja, y la bandeja, en un tapiz, me subí a la cama para coger el cuchillo grande, que pendía de la pared sobre la cabeza del mancebo. Y he aquí que el joven, por divertirse, me hizo de pronto cosquillas en una pierna, produciéndome tal efecto, que caí encima de él sin querer y le clavé el cuchillo en el corazón. Y expiró en seguida.


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19