西语阅读:《一千零一夜》连载五(6)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Entonces desembarcamos, pero apenas hubimos entrado en la ciu­dad, nos quedamos asombradas. Todos los habitantes estaban con­vertidos en estatuas de piedra negra. Y sólo ellos habían sufrido esta petri­ficación, pues en los zocos y en las tiendas aparecían las mercancías en su estado normal, lo mismo que las cosas de oro y de plata. Al ver aque­llo llegamos al límite de la admira­ción, y nos dijimos: “En verdad que la causa de todo esto debe de ser rarísima.”

Y nos separamos, para recorrer cada cual a su gusto las calles de la ciudad, y recoger por su cuenta cuan­to oro, plata y telas preciosas pudiese llevar consigo.

Yo subí a la ciudadela, y vi que allí estaba el palacio del rey. Entré en el palacio por una gran puerta de oro macizo, levanté un gran corti­naje de terciopelo, y advertí que todos los muebles y objetos eran de plata y oro. Y en el patio y en los aposentos, los guardias y chambe­lanes estaban de pie o sentados, pero petrificados en vida. Y en la última sala, llena de chambelanes, tenientes y visires, vi al rey sentado en su trono, con un traje tan suntuoso y tan rico, que desconcertaba, y apa­recía rodeado de cincuenta mama­lik con trajes de seda y en la mano los alfanjes desnudos: El trono estaba incrustado de perlas y pedrería, y cada. perla brillaba como una estre­lla. Os aseguro qué me faltó poco para volverme loca.

Seguí andando, no obstante, y llegué a la sala del harén, que hubo de parecerme más maravillosa toda­vía, pues era toda de oro, hasta las celosías de las ventanas. Las paredes estaban forradas de tapices de seda: En las puertas y en las, ventanas pen­dían cortinajes de raso y terciopelo. Y vi por fin, en medio de las esclavas petrificadas, a la misma reina, con un vestido sembrado de perlas deslumbrantes, enriquecida su corona por toda clase de piedras finas, osten­tando collares y redecillas de oro admirablemente cincelados. Y se ha­llaba también convertida en una esta­tua de piedra negra.

Seguí andando, y encontré abierta una puerta, cuyas hojas eran de plata virgen, y más allá una escalera de pórfido de siete peldaños, y al subir esta escalera y llegar arriba, me hallé en un salón de mármol blanco, cubierto de alfombras tejidas de oro, y en el centro, entre grandes cande­labros de oro, una tarima también de oro salpicada de esmeraldas y turquesas, y sobre la tarima un lecho incrustado de perlas y pedrería, cu­bierto con telas preciosas. Y en el fondo de la sala advertí una gran luz, pero al acercarme me enteré de que era un brillante enorme, como un huevo de avestruz, cuyas facetas despedían tanta claridad, que basta­ba, su luz para alumbrar todo el aposento.

Los candelabros ardían vergonzo­samente ante el esplendor de aquella maravilla, y yo pensé. “Cuando estos candelabros arden, alguien los ha encendido.”

Continué andando, y hube de pe­netrar asombrada en otros aposentos, sin hallar a ningún ser viviente. Y tanto me absorbía esto, que me olvidé de de mi persona, de mi viaje, de mi nave y de mis hermanas. Y todavía seguía maravillada, cuando la noche se echó encima. Entonces quise salir de palacio; pero no di con la salida, y acabé por llegar a la sala donde estaba el magnifico lecho y el brillan­te y los candelabros encendidos. Me senté en el lecho, cubriéndome con la colcha de razo azul bordada de plata y de perlas, y cogí el Libro Noble, nuestro Corán, que estaba escrito en magníficos caracteres de oro y bermellón, e iluminado con delicadas tintas, y me puse a leer algunos versículos para santificarme, y dar gracias a Alah, y reprender­me; y cuando hube meditado en las palabras del Profeta (¡Alah le ben­diga!) me tendí para conciliar el sueño, pero no pude lograrlo. Y el insomnio me tuvo despierta hasta media noche.

En aquel momento oí una voz dulce y simpática que recitaba El Corán. Entonces me levanté y me dirigí hacia el sitio de donde prove­nía aquella voz. Y acabé por llegar a un aposento cuya puerta aparecía abierta. Entré con mucho cuidado, poniendo a la parte de afuera la antorcha que me había alumbrado en el camino, y vi que aquello era un oratorio. Estaba iluminado por lám­paras de cristal verde que colgaban del techo, y en el centro había un tapiz de oraciones extendido hacia Oriente; y allí estaba sentado un hermoso joven que leía el Corán en alta voz, acompasadamente. Me sorprendió mucho, y no acertaba a comprender cómo había podido librarse de la suerte de todos los otros. Entonces avancé un paso y le dirigí mi saludo de paz, y él vol­viéndose hacia mí y mirándome fija­mente, correspondió a mi saludo. Luego le dije: “¡Por la santa verdad de los versículos del Corán que recitas, te conjuro a que contestes a mi pregunta!”

Entonces, tranquilo y sonriendo con dulzura, me contestó: “Cuando expliques quién eres, responderé a tus preguntas.” Le referí mi historia, que le interesó mucho, y luego le interrogué por las extraordinarias cir­cunstancias que atravesaba la ciudad. Y él me dijo: “Espera un momento.” Y cerró el Libro Noble, lo guardó en una bolsa de seda y me hizo sentar a su lado. Entonces le miré atentamente, y vi que era hermoso como la luna llena, sus mejillas parecían de cristal; su cara tenía el color de los dátiles frescos, y estaba adornado de perfecciones, cual si fuese aquel de quien habla el poeta en sus estrofas:

¡El que lee en los astros contem­plaba la noche! ¡Y de pronto surgió ante su mirada la esbeltez del apuesto mancebo! Y pensó:


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