西语阅读:《一千零一夜》连载五(4)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Y yo, ¡oh señora mía! levanté las manos y los ojos y di gracias a Alah el Altísimo por sus beneficios: Y así seguí cada día abriendo una o dos o tres puertas hasta el cuadra­pésimo; creciendo diariamente mi asombro, y ya no me quedaba, más que la llave de la puerta de bronce, y pensé en las cuarenta jóvenes, y me sentí sumido en la mayor feli­cidad.

Pero el Maligno hacíame pensar en la llave de la puerta de bronce, tentándome continuamente, y la ten­tación pudo más que yo, y abrí la puerta. Nada vieron mis ojos, mí olfato notó un olor muy fuerte y hostil a los sentidos, y me desmayé, cayendo por la parte de fuera de la entrada y cerrándose inmediatamente la puerta delante de mí. Guando me repuse, persistí en la resolución ins­pirada por el Cheitán, y volví a abrir, aguardando a que el olor fuese menos penetrante.

Entré por fin, y me encontré en una espaciosa sala, con el suelo cubierto de azafrán y alumbrada por bujías perfumadas de ámbar gris e incienso y por magníficas lámparas de plata y oro llenas de aceite aro­mático, que al arder exhalaba aquel olor tan fuerte. Y entre lámparas; y candelabros vi un maravilloso caballo negro con una estrella blanca en la frente, y la pata delantera derecha y la trasera izquierda tenían asimis­mo manchas blancas en los extre­mos. La silla era de brocado y la brida una cadena de oro; el pesebre estaba lleno de sésamo y cebada bien cribada; el abrevadero contenía agua fresca perfumada con rosas­

Entonces, ¡oh señora mía! costo mi pasión mayor eran los buenos caballos, y yo el jinete más ilustre de mi reino, me agradó mucho aquel corcel, y cogiéndole de la brida le saqué al jardín y lo monté; pero no se movió. Entonces le di en el cuello con la cadena de oro. Y de pronto, ¡oh señora mía! abrió el caballo dos grandes alas negras, que yo no había visto, relinchó de un modo espan­toso, dio tres veces con los cascos en el suelo, y voló conmigo por los aires.

En seguida, ¡oh señora mía! empe­zó todo a dar vueltas a mi alrededor, pero apreté los muslos y me sostuve como buen jinete. Y he aquí que el caballo descendió y se detuvo en la azotea del palacio donde había yo encontrado a los diez tuertos. Y entonces se encabritó terriblemente y logró derribarme. Luego se acer­có a mí, y metiéndome la punta de una de sus alas en el ojo izquierdo, me lo vació sin que pudiera yo im­pedirlo y emprendió el vuelo otra vez, desapareciendo en los aires.

Me tapé con la mano el ojo huero, y anduve en todos sentidos par la azotea, lamentándome a impulsos del dolor. Y de pronto vi delante de mí a los diez mancebos, que decían: “¡No quisiste atendernos! ¡Ahí tienes el fruto de tu funesta terquedad! Y no puedes quedarte entre nosotros, por­que ya somos diez. Pero te indica­remos el camino para que marches a Bagdad, capital del Emir de los Creyentes Harún Al-Rachid, cuya fama ha llegado a nuestros oídos y tu destino quedará entre sus ma­nos.”

Partí, después de haberme afeitado y puesta este traje de saaluk, para no tener que soportar otras desgra­cias, y viajé día y noche, no parando hasta llegar a Bagdad, morada de paz, donde encontré a estos dos tuer­tos, y saludándoles, les dije: “Soy extranjero” Y ellos me contestaron: “También lo somos nosotros.” Y así, llegamos los tres, a esta bendita casa, ¡oh señora mía!

¡Y tal es la causa de mi ojo huero y de mis barbas afeitadas!”

Después de oír tan extraordina­ria historia, la mayor de las tres don­cellas dijo al tercer saakik. “Te per­dono. Acaríciate un poco la cabeza y vete.”

Pero el tercer saaluk contestó: ¡Por Alah! No he de irme sin oír las historias de los otros.”

Entonces la joven, volviéndose hacia el califa, hacia el visir Giafar y hacia el porta-alfanje, les dijo: “Contad vuestra historia.”

Y Giafar se le acercó, y repitió el relato que ya había contado a la joven portera al entrar en la casa. Y después de haber oído a Giafar, la dueña de la morada les dijo:

“Os perdono a todos, a los unos y a los otros. ¡Pero marchaos en seguida!”

Y todos salieron a la calle. Enton­ces el califa dijo a los saalik: “Com­pañeros, ¿adónde vais?” Y éstos con­testaron: “No sabemos dónde ir.” Y el califa les dijo: “Venid a pasar la noche con nosotros.” Y ordenó a Giafar: “Llévalos a tu casa y mañana me los traes, que ya veremos lo que se hace.” Y Giafar ejecutó estas órdenes.

Entonces entró ere su palacio el califa, pero no pudo dormir en toda la noche. Por la mañana se sentó en el trono, mandó entrar a los jefes de su Imperio, y cuando hubo despachado los asuntos y se hubieron marchado, volvióse hacia Giafar, y le dijo Tráeme las tres jóvenes, las dos perras y los tres saaluk.” Y Gia­far salió en seguida, y los puso a todos entre las manos del califa. Las jóvenes se presentaron ante él cubier­tas con sus velos. Y Giafar les dijo: “No se os castigará, porque sin cono­cernos nos habéis perdonado y favo­recido. Pero ahora estáis en manos del quinto descendiente de Abbas, el califa. Harún Al-Rachid. De modo que tenéis que contarle la verdad.”

Cuando las jóvenes oyeron las palabras de Giafar, que hablaba en nombre del Príncipe de los Creyen­tes, dio un paso la mayor, y dijo: “¡Oh Emir de los Creyentes! Mi historia es tan prodigiosa, que si se escribiese con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería una lección para quien la leyese con respeto.”

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19