西语阅读:《一千零一夜》连载五(2)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Después recogió las sobras el anciano, y se sentó de nuevo. Y los jóvenes le preguntaron: “¿Cómo te sientas sin traernos lo necesario para cumplir nuestros deberes?” Y el an­ciano, sin replicar palabra, se levantó y salió diez veces, trayendo cada vez sobre la cabeza una palangana cu­bierta con un paño de raso y en la mano un farol, que fue colocando delante de cada joven. Y a mí no me dio nada, lo cual hubo de contra­riarme.

Pero cuando levantaron las telas de raso, vi que las jofainas sólo contenían ceniza, polvo de carbón y kohl. Se echaron la ceniza en la cabe­za, el carbón en la cara y el kohl en el ojo derecho, y empezaron a lamentarse y a llorar, mientras de­cían: “¡Sufrimos lo que merecemos por nuestras culpas y nuestra deso­bediencia!” Y aquella lamentación prosiguió hasta cerca del amanecer. Entonces se lavaron en nuevas palan­ganas que les llevó el viejo, se pusie­ron otros trajes, y quedaron como antes de la extraña ceremonia.

Por más que aquello, ¡oh señora mía! me, asombrase con el más con­siderable asombro, no me atreví a preguntar nada, pues así me lo habían ordenado. Y a la noche siguiente hicieron lo mismo que la primera, y lo mismo a la tercera y a la cuarta. Entonces ya no pude callar más, y exclamé: “¡Oh mis señores! Os ruego que me digáis por qué sois todos tuertos y a qué obedece el que os echéis por la cabeza ceniza, carbón y kohl, pues, ¡por Alah! prefiero la muerte a la incertidumbre en que me habéis sumido.” Entonces ellos replicaron: “¿Sabes que lo que pides es tu perdición?” Y yo contesté: “Venga mi perdición antes que la duda.” Pero ellos me dijeron: “¡Cui­dado con tu ojo izquierdo!” Y yo respondí: “No necesito el ojo izquier­do si he de seguir en esta perpleji­dad.” Y por fin exclamaron: “¡Cúm­plase tu destino! Te sucederá lo que nos sucedió; mas no te quejes, que la culpa es tuya. Y después de perdido el ojo izquierdo, no podrás venir con nosotros, porque ya somos diez y no hay sitio para el undécimo.”

Dicho esto, el anciano trajo un carnero vivo. Lo degollaron, le arran­caron la piel, y después de limpiarla cuidadosamente, me dijeron: “Vamos a coserte dentro de esa piel; y te colocaremos en la azotea del palacio. El enorme buitre llamado Rokh, capaz de arrebatar un elefante, te levantará hasta las nubes, tomándote por un carnero de veras, y para devorarte te llevará a la cumbre de una montaña muy alta, inaccesible a todos los seres humanos. Entonces con este cuchillo, de que puedes armarte, rasgarás la piel de carnero, saldrás de ella, y el terrible Rokh, que no ataca a los hombres, desapa­recerá de tu vista. Echa después a andar hasta que encuentres un pala­cio diez veces mayor que el nuestro y mil veces más suntuoso. Está reves­tido de chapas de oro, sus muros se cubren de pedrería, especialmente de perlas y esmeraldas. Entra por una puerta abierta a todas horas, como nosotros entramos una vez, y ya verás lo que vieres. Allí nos deja­mos todos el ojo izquierdo. Desde entonces soportamos el castigo mere­cido y expiamos nuestra culpa ha­ciendo todas las noches lo que viste. Esa es en resumen nuestra historia, que más detallada llenaría todas las páginas de un gran libro cuadrado. Y ahora, ¡cúmplase tu destino!”

Y como persistiera en mi resolu­ción, diéronme el cuchillo, me cosie­ron dentro de la piel de carnero, me colocaron en la azotea y se marcha­ron. Y de pronto noté que cargaba conmigo el terrible Rokh, remontan­do el vuelo, y en cuanto comprendí que, me había depositado en la cum­bre de la montaña, rasgué con el cuchillo la piel que me cubría, y salí de debajo de ella dando gritos para asustar al terrible Rokh. Y se alejó volando pesadamente, y vi que era todo blanco, tan ancho como diez elefantes y más largo que veinte camellos.

Entonces eché a andar muy de prisa, pues me torturaba la ímpacien­cia por llegar al palacio. Al verlo, a pesar de la descripción hecha por los diez jóvenes, me quedé admirado hasta el límite de la admiración. Era mucho más suntuoso de lo que me habían dicho. La puerta, principal, toda de oro, por la cual entré, tenía a los lados noventa y nueve puertas de maderas preciosas, de áloe y de sándalo. Las puertas de la salas eran de ébano con incrustaciones de oro y de diamantes. Y estas puertas conducían a los salones y a los jar­dines, donde se acumulaban todas las riquezas de la tierra y del mar.

No bien llegué a la primera habi­tación me vi rodeado de cuarenta jóvenes, de una belleza tan asombrosa, que perdí la noción de mí mismo, y mis ojos no sabían a cuál dirigirse con preferencia a las demás, y me entró tal admiración, que hube de detenerme, sintiendo que me daba vueltas la cabeza.

Entonces todas se levantaron al verme, y con voz armoniosa me dije­ron: “¡Que nuestra casa sea la tuya!, ¡oh convidado nuestro! ¡Tu sitio está sobre nuestras cabezas y en nuestros ojos!” Y me ofrecieron asiento en un estrado magnífico, sentándose ellas más abajo en las alfombras, y me dijeron: “¡Oh señor, somos tus esclavas, tu cosa, y tú eres nuestro dueño y la corona de nues­tras cabezas!”

Luego todas se pusieron a servir­me: una trajo agua caliente y toallas, y me lavó los pies; otra me echó en las manos agua perfumada, que vertía de un jarro de oro; la tercera me vistió un traje de seda con cin­turón bordado de oro y plata, y la cuarta me presentó una copa llena de exquisita bebida aromada con flo­res. Y ésta me mirada, aquélla me sonreía, la de aquí me guiñaba los ojos, la de más allá me recitaba versos, otra abría los brazos, exten­diéndolos perezosamente delante de mí, y aquélla otra hacía ondular su talle. Y la una suspirada: “¡ay!”, y otra: “¡huy!”, y ésta me decía: `¡Ojos míos!”, la de más allá: “¡Oh alma mía!”, la otra: “¡Entraña de mi vida!”, y la otra: “¡Oh llama de mi corazón!”


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19