¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma se robelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le diría a mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos, nobles! ¡Porque no alcanzará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!
Entonces rni esposo dijo al negro que empuñaba la espada: “¡Oh valiente Saad! ¡Hiere a esa pérfida!” Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me dijo: “Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado el fin de tu vida.” Entonces le dije: “¡Oh servidor, de Alah el Optimo! dame nada más el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento.” Después, levanté al cielo la mirada, la volví a bajar y reflexioné acerca del estado mísero e ignominioso en que me veía, arrasándoseme en lágrimas los ojos, y recité llorando estas estrofas:
¡Encendiste en mis entrañas la pasión, para enfriarte después! ¡Hiciste que mis ojos velarán largas noches, para dormirte luego!
¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos?
¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi corazón, me dejaste!
¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste más que para ser causa de mi desdicha y de la de toda mi juventud?
¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo muera escribáis en la losa de mi tumba: “¡Aquí yace un gran culpablel ¡Uno que amó!”
¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor, dirigirá a mi tumba una mirada compasiva!
Terminados los versos, seguía llorando, y al oírme y ver mis lágrimas, mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo-estas estancias:
¡Si así dejé a la que mi corazón amaba, no ha sido por hastío ni cansancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!
¡Ha querido asociar a otro a nuestra ventura, cuando ni mi corazón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad semejante!
Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la intención de conmoverle, y dije para mí: “Me tornaré sumisa y humilde. Y acaso me indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas.” Y le dirigí mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:
¡En verdad te juro que, si quisieses ser justo no mandarías que me matasen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la separación nunca supo ser justo!
¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del amor, cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más fina o algún otro todavía más ligero!
¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino que mi cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!
Terminados los versos, mis sollozos continuaban. Y entonces me miró, me rechazó con ademán violento, me llenó de injurias, y me recitó estos otros:
¡Atendiste a un cariño que no era el mío, y me has hecho sentir todo tu abandono!
¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado; desdeñando mi deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo tuviste!
¡Y me apasionaré por otra, ya que a otro te inclinaste! ¡Y de la ruptura eterna entre nosotros no tendré yo la culpa, sino tú solamente!
Y al concluir estos versos, dijo al negro: “¡Córtala en dos mitades! ¡Ya no es nada mío!”
Cuando el negro dio un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo ya segura mi muerte, me confié en Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi entrar a la vieja, que se arrojó a los pies del joven, se puso a besarlos, y le dijo: “¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los cuidados que tuve contigo a que perdones a esta criatura, pues no cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones caigan sobre ti.” Y luego rompió a llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: “¡Basta! Gracias a ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida.”
