西语阅读:《一千零一夜》连载五(10)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

¡Su hermosura resplandece a la vista, por estar inscrita en sus facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!

Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven avanzó y fue a sentarse junto a su hermana, y en seguida entro el kadi con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí escri­bió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos estamparon sus sellos, y se fueron todos.

Entonces el joven se me acercó, y me dijo: “¡Sea nuestra noche una noche bendita!” Y luego añadió: ¡Oh señora mía! quisiera imponerte un condición.” Yo le contesté “Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?” Entonces se incorporo, trajo el Libro Sagrado, y me dijo. “Vas a jurar por el Corán que nunca elegi­rás a otro más que a mí, ni sentirás inclinación hacia otro.” Y yo juré observar la condición aquella. Al oirme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sentí que su amor penetraba hasta el fon­do de mi corazón.

En seguirla los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos la noche, uno en bra­zos de otro, hasta que fue de día.

Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al con­cluir este mes, pedí permiso a mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este per­miso. Entonces me vestí y llevé conmigo a la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré a la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y a quien conocía muy de antiguo. Y añadió: “Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su padre.” Después, volviéndose hacia el mer­cader, le dijo: “Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama. “ Y dijo él: “Escucho y obedezco.” Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas, seguía elogiándolo y haciendo­me observar sus cualidades, y yo le dije: “No me importan sus cuali­dades ni los elogios que le diriges, pues no hemos venido más que a comprar lo que necesitamos, para volvernos luego a casa.”

Y cuando hubimos escogido la ­tela, ofrecimos al mercader el dinero de su importe. Pero él se negó a coger el dinero, y nos dijo: Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que recibo al veros en mi tienda.” Entonces le dije a la vieja: “Si no quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela.” Y él exclamó: “¡Por Alah! No quiero tomar nada de vosotras. Todo eso os lo regalo. En cambio, ¡oh hermosa joven, concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor a ese beso que a todas las mercancías de mi tienda.” Y la vieja le dijo riéndose: “¡Oh guapo mozo!, Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable.” Y a mí me dijo: “¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No tengas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te dé un beso úni­camente, y en cambio, podrás esco­ger y tomar lo que más te plazca de todas esas telas preciosas.” Enton­ces contesté: “¿No sabes que estoy ligada por un juramento?” Y la vieja replicó: “Déjale que te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también.” Y tanto siguió encareciéndolo la vieja, que hube de consentir. Y para ello, me tapé los ojos y extendí el velo,” a fin de que no vieran nada los tran­seúntes. Entonces el joven mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios a mi mejilla y me besó. Pera a la vez me mordió tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de emocion.

“Cuando volví en mí, me encontré echada en las, rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto a la tienda, estaba cerrada y el joven mercader había desaparecido. En­tonces la vieja me dijo: “¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha! Y luego añadió: “Ahora tene­mos que volver a casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un remedio que te curará la mordedura inmediatamente.” Entonces me levan­té, y sin poder dominar mis pensa­mientos y mi terror por las conse­cuencias, eche a andar hacia mi casa, y mi espanto iba creciendo según mas acercábamos. Al llegar, entré en mi aposento y me fingí enferma.

A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: “¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?” Yo le contesté: “Nada. Estoy .bien.” Entonces me miró con atención, y dijo: “Pero ¿qué herida es esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?” Y yo le dije enton­ces: “Cuando salí hoy con tu per­miso a comprar esas telas, un came­llo cargado de leña ha tropezado conmigo en una calle llena de gente, me ha roto el velo y me ha desga­rrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!” Entonces se llenó de ira, y dijo: “¡Mañana mismo iré a ver al gober­nador para reclamar contra los carne­lleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar a todos!”-Al oírle, repliqué compasiva: “¡Por Alah sobre ti! ¡No te cargues con peca­dos ajenos! Además, yo he tenido la culpa, por haber montado en un borrico que empezó a galopar y cocear. Caí al suelo, y por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara, haciéndome esta herida en la mejilla.” Entonces exclamó él: “¡Mañana iré a ver a. Giafar Al-Barmaki, y, le contaré esta historia, para que maten a todos los arrieros de la ciudad.” Y yo le repuse: “Pero ¿vas a matar a todo el mundo por causa mía? Sabe que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por el Destino, a quien gobierna.” Al oírme, mi esposo no pudo contener su furia y gritó: “¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas a sufrir el castigo de tu crimen!” Y me trató con las palabras más duras, y a una llamada suya se abrió la puerta y entraron siete negros terribles, que me saca­ron de la cama y me tendieron en el centro del patio. Entonces mi esposa mandó a uno de estos negros que me sujetara por los hombros y se sentara sobre mí y a otro negro que se apoyase en mis rodillas para suje­tarme las piernas. Y en seguida avan­zó un tercer negro con una espada en la mano, y dijo., “¡Oh mi señor! la asestaré un golpe que la partirá en dos mitades. Y otro negro añadió: “Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará a los peces del río de la Dejla, pues así debe castigarse a quien hace trai­ción al juramento y al cariño.” Y en apoyo de lo que decía, recitó estos versos:


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19