西语阅读:《一千零一夜》连载四(8)

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HISTORIA DEL PRIMER SAALUK

“Voy a contarte, ¡oh mi señora! el motivo de que me afeitara las barbas y de haber perdido un ojo.

Sabe, pues, que mi padre era rey. Tenía un hermano, y ese hermano era rey en otra ciudad. Y ocurrió la coincidencia de que el mismo día que mi madre me parió nació también mi primo.

Después pasaron los años, y des­pués de los años y los días, mi primo y yo crecimos. He de decirte que, con intervalos de algunos años, iba a visitar a mi tío y a pasar con él algu­nos meses. La última vez que le visité me dispensó mi primo una acogida de las más amplias y más generosas, y mandó degollar varios carneros en mi honor y clarificar numerosos vinos. Luego empezamos a beber, hasta que el vino pudo más que nosotros. Entonces mi primo me dijo: “¡Oh primo mío Ya sabes que te quiero extremadamente, y te he de pedir una cosa importante. No qui­siera que me la negases ni que me impidieses hacer lo que he resuelto.” Y yo le contesté: “Así sea, con toda la simpatía y generosidad de mi cora­zón.” Y para fiar más en mí, me hizo prestar el más sagrado de los jura­mentos, haciéndome jurar sobre el Libro Noble. Y en seguida se levantó, se ausentó unos instantes, y después volvió con una mujer ricamente ves­tida y perfumada, con un atavío tan fastuoso, que suponía una gran rique­za. Y volviéndose hacia mí, con la mujer detrás de él, me dijo: “Toma esta mujer y acompáñala al sitio que voy a indicarte.” Y me señaló el sitío, explicándolo tan detalladamen­te que lo comprendí muy bien. Lue­go añadió: “Allí encontrarás una tumba entre las otras tumbas, y en ella me aguardarás.” Yo no me pude negar a ello, porque había jurado con la mano derecha. Y cogí a la mujer, y marchamos al sitio que me había indicado, y nos sentamos allí para esperar a mi primo, que no tar­dó en presentarse, llevando una vasija llena de agua; un saco con yeso y una piqueta. Y lo dejó todo, en el suelo, conservando en la mano nada más que la piqueta, y marchó hacia la tumba, quitó una por una las piedras y las puso aparte. Después cavó con la piqueta hasta descubrir una gran losa. La levantó, y apa­reció una escalera abovedada. Se volvió entonces hacia la mujer, y le dijo: “Ahora puedes elegir.” Y la mujer bajó en seguida la escalera y desapareció. Entonces él se volvió hacia mí y me dijo: “¡Oh primo mío! te ruego que acabes de comple­tar este favor, y que, cuando haya bajado, eches la losa y la cubras con tierra, como estaba. Y así completa­rás este favor que me has hecho. En cuanto al yeso que hay en el saco y en cuanto al agua de la vasija, los mezclarás bien y después pondrás las piedras como antes, y con la mez­cla llenarás las junturas de modo que nadie, pueda adivinar que es obra reciente. Porque hace un año que estoy haciendo este trabajo, y sólo Alah lo sabe.” Y luego añadió: “Y ahora ruega a Alah que no me abru­me de tristeza por estar lejos de ti, primo mío.” En seguida bajó la esca­lera, y desapareció en la tumba. Cuando hubo desaparecido de mi vis­ta, me levanté, volví a poner la losa, e hice, todo lo demás que me había mandado, de modo que la tumba quedó como antes estaba.

Regresé al palacio, pero mi tío se haba ido de caza, y entonces decidí acostarme aquella noche. Después, cuando vino la manana, comencé a reflexionar sobre todas las cosas de la noche anterior, y singularmente sobre lo que me había ocurrido con mi primo, y me arrepentí de cuánto había hecho. ¡Pero con el arrepentí­miento no remediaba nada! Entonces volví hacia las tumbas y busqué, sin poder encontrarla, aquella en que se había encerrado mi primo. Y seguí buscando hasta cerca del anochecer, sin hallar ningún rastro. Regresé entonces al palacio y no podía beber, ni comer, ni apartar el recuerdo de lo que me había ocurrido con mi primo, sin poder descubrir qué era de él. Y me afligí con una aflicción tan considerable, que toda la noche la pasé muy apenado hasta la mañana. Marché en seguida otra vez al cemen­terio, y volví a buscar la tumba entre todas las demás, pero sin ningún resultado. Y continué mis pesquisas durante siete días más, sin encontrar el verdadero camino. Por lo cual aumentaron de tal modo mis temo­res, que creí volverme loco.

Decidí viajar, en busca de remedio para mi aflicción, y regresé al país de mi padre. Pero al llegar a las puertas de la ciudad salió un grupo de hombres, se echaron sobre mi y me ataron los brazos. Entonces me quedé completamente asombra­do, puesto que yo era el hijo del sultán y, aquellos los servidores de mi padre y también mis esclavos. Y me entró un miedo muy grande, y pensaba: “¿Quién sabe lo que le habrá podido ocurrir a mi padre?” Y pregunté a los que me habían atado los brazos, y no quisieron con­testarme. Pero poco después, uno de ellos, esclavo mío, me dijo: “La suerte no se ha mostrado propicia con tu padre. Los soldados le han hecho traición y el visir lo ha man­dado matar. Nosotros estabamos emboscados, aguardando que cayeses en nuestras manos.”

Luego me condujeron a viva fuer­za. Yo no sabía lo que me pasaba, pues la muerte de mi padre me había llenado de dolor. Y me entregaron entre las manos del visir que había matado a mi padre. Pero entre este visir y yo existía un odio muy anti­guo. Y la causa de este odio consistía en que yo, de joven, fui muy aficio­nado al tiro de ballesta, y ocurrió la desgracia de que un día entre los días me hallaba en la azotea del pala­cio de mi padre, cuando un gran pájaro descendió sobre la azotea del palacio del visir, el cual estaba en ella. Quise matar al pájaro con la ballesta, pero la ballesta erró al pája­ro, hirió en un ojo al visir y se lo hundió, por voluntad y juicio escrito de Alah. Ya lo dijo el poeta:

¡Deja que se cumplan los destinos; no quieras desviar el fallo de los jueces de la tierra!

¡No sientas alegría ni aflicción por ninguna cosa, pues las cosas no son eternas!


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19