西语阅读:《一千零一夜》连载四(18)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Después de estas palabras empezó a implorar al fuego, hasta que al fin brotaron unas chispas negras que subieron hacia su pecho. Y cuando el fuego le llegó a la cara, lloró, y luego dijo: “¡Afirmo que no hay más Dios que Alah, y que Mohamed es su profeta!” No bien había pro­nunciado estas palabras, la vimos convertirse en un montón de ceniza, próximo al otro montón que forma­ba el efrit.

Entonces nos afligimos profunda­mente. Gustoso habría yo ocupado su lugar, antes que ver bajo tan mísero aspecto a aquella joven de radiante hermosura que tanto quiso favorecerme; pero los designios de Alah son inapelables.

Al advertir el rey la transforma­ción sufrida por su hija, lloró por ella, mesándose las barbas que le quedaban, abofeteándose y desga­rrándose las ropas. Y lo propio hice yo. Y los dos lloramos sobre ella. En seguida llegaron los chambelanes, y los jefes del gobierno hallaron al sultán llorando aniquilado ante los dos montones de ceniza. Y se asom­braron muchísimo, y comenzaron a dar vueltas a su alrededor, sin atre­verse a hablarle. Al cabo de una hora se repuso algo el rey, y les contó lo ocurrido entre la princesa y el efrit. Y todos gritaron; “¡Alah! ¡Alah! ¡Qué gran desdicha! ¡Qué tremenda desventura!”

En seguida llegaron todas las da­mas de palacio con sus esclavas, y durante siete días se cumplieron todas las ceremonias de duelo y de pésame.

Luego dispuso el rey la construc­ción de un gran sarcófago para las cenizas de su hija, y que se encendie­sen velas, faroles y linternas día y noche. En cuanto a las cenizas, del efrit, fueron aventadas bajo la maldición de Alah.

La tristeza acarreó al sultán una enfermedad que le tuvo a la muerte. Esta enfermedad le duró un mes entero. Y cuando hubo recobrado algún vigor, me llamó a su presencia y me dijo: “¡Oh joven!, Antes de que vinieses vivíamos aqui nuestra vida en la más perfecta dicha, libres de los sinsabores de la suerte. Ha sido necesario que: tú vinieses y que viéramos tu hermosa letra para que cayesen sobre nosotros todas las aflic­ciones ¡Ojalá no te hubiésemos visto nunca a ti, ni a tu cara de mal agüero, ni a tu maldita escritura! Porque primeramente ocasionaste la pérdida de mi hija, la cual, sin duda, valía más que cien hombres. Des­pués, por causa tuya, me quemé lo que tú sabes, y he perdido la mitad de mis dientes, y la otra mitad casi ha volado también. Y por último, ha perecido mi pobre eunuco, aquel buen servidor que fue ayo de mi hija. Pero tú no tuviste la culpa, y mal podrías remediarlo ahora. Todo nos ha ocurrido a nosotros y a ti por voluntad de Alah. ¡Alabado sea por permitir que mi hija te desencantara, aunque ella pereciese! ¡Es el Destino! Ahora, hijo mío, debes abandonar este país, porque ya tenemos bastante con lo que por tu causa nos ha pasado. ¡Alah es quien todo lo decre­ta!, ¡Sal, pues, y vete en paz!”

Entonces, ¡oh mi señora! abando­né el palacio del rey, sin fiar mucho en mi salvación. No sabía adonde ir. Y recordé entonces todo cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, cómo me habían dejado sano y salvo los árabes del desierto, mi viaje y mis fatigas de un mes, mi entrada en la ciudad coma extran­jero, el encuentro con el sastre, la entrevista e intimidad tan deliciosa con la joven del subterráneo, el modo de escaparme de las manos del efrit que me quería matar, todo, en fin; sin olvidar mi transformación en mono al servicio después del capitán mercante, mi compra a elevado pre­cio por el rey a consecuencia de mi hermosa letra, mi desencanto, ¡en fin, todo! Pero más que nada, ¡hay de mí! el último incidente, que me hizo perder un ojo. Pero di gracias a Alah, y dije: “¡Más vale perder un ojo que la vida! Después de esto, fui al hammam a tomar un baño antes de salir de la ciudad. Entonces, ¡oh señora mía! me afeité la barba para poder viajar seguro en calidad de saaluk. Desde aquella fecha no he dejado ni un día de llorar pensando en las desgracias -que sobre mí han caído, y sobre todo en la pérdida de mi ojo izquierdo. Y cada vez que esto me viene a la memoria, el ojo derecho se me llena de lágrimas, que no me dejan ver, aunque nunca me impedirán pensar en estos versos del poeta:

¿Conoce Alah misericordioso mi afliccíón? ¡Las desdichas pesan sobre mí, y me he dado cuenta de ellas demasiado tarde!

¡Pero haré acopio de paciencia fren­te a mis grandes desventuras, para que el mundo no ignore que he tomado con paciencia algo que es mas amar­go que la misma paciencia!

¡Porque la paciencia tiene su belleza, sobre todo, cuando es el hombre pia­doso quien la practica! ¡De todos modos, ha de ocurrir lo que, haya deci­dido Alah respecto a cada criatura!

¡Mi misteriosa amada conoce los secretos de mi lecho, y ninguno, aun­que sea el secreto de los secretos, puede ocultársele!


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19