西语阅读:《一千零一夜》连载二十六(4)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Conmovido en extremo por cuanto acababa de ocurrirme, lancé una mi­ráda en torno de mí y quedé inmó­vil de espanto. Porque me encontra­ba en un valle ancho y profundo, rodeado por todas partes de monta­ñas tan altas, que para medirlas con la vista tuve que alzar de tal modo la cabeza, que rodó por mi espalda mi turbante al suelo. ¡Además, eran tan escarpadas aquellas montañas, que se hacia imposible subir por ellas, y juzgué inútil toda tentativa en tal sentido!

Al dame cuenta de ello no tuvie­ron límites mi desolación y mi deses­peración, y me dije: “¡Ah, cuánto más hubiérame valido no abandonar la isla desierta en que sna hallaba y que era mil veces preferible a esta soledad desolada y árida, donde no hay nada que comer ni beber! ¡Allí, al menos, había frutas que llenaban los árboles y arroyos de agua deli­ciosa; pero aquí solo ratas hostiles y desnudas para morir de hambre y de sed! ¡Qué calamidad! ¡No hay recurso y poder más que en Alah el Omnipotente! ¡Cada vez que escapo de una catástrofe es para caer en otra peor y definitiva!”

En seguida me levanté del sitio en que me encontraba y recorrí aquel valle para explorarle un poco, ob­servando que estaba enteramente creado con rocas de diamante. Por todas partes a mi alrededor aparecía sembrado el suelo de diamantitos desprendidos de la montaña y que en ciertas sitios formaban montones de la altura de un hombre.

Camenzaba yo a mirarlas ya con algún interés, cuando me inmovilizó de terror un espectáculo más espan­taso que todos los horrores experi­mentados hasta entonces. Entre las rocas de diamante vi circular a sus guardianes, que eran innumerables serpientes negras, más gruesas y mayores que palmeras, y cada una de las cuales muy bien podría de­vorar a un elefante grande. En aquel momento comenzaban a meterse en sus antros; porque durante el día se ocultaban para que no las cogiese, su enemigo el pájaro rokh, y úni­camente salían de noche.

Entonces intenté con precauciones infinitas alejarme de allí, mirando bien dónde ponía los pies y pensan­do desde el fondo de mi alma: “¡He aquí lo que ganaste a trueque de haber querido abusar de la clemen­cia del Destino, ¡oh Sindbad! hom­bre de ojos insaciables y siempre vacíos!” Y presa de un cumulo de terrores, continué en mi caminar sin rumbo por el valle de diamantes, descansando de vez en cuando en los parajes que me parecían más resguardados, y así estuve hasta que llegó la noche.

Durante todo aquel tiempo me había olvidado por completo de co­mer y beber, y no pensaba más que en salir del mal paso y en salvar de las serpientes mi alma. Y he aquí que acabé por descubrir, junto al lu­gar en que me dejé caer, una, gruta cuya entrada era muy angosta, aun­que suficiente para que yo pudiese franquearla. Avancé, pues, y penetré en la gruta, cuidando de obstruir la entrada con un peñasco que conseguí arrastrar hasta allá. Seguro ya, me aventuré por su interior en busca del lugar más cómodo para dormir esperando el día, y pensé: “¡Maña­na al amanecer saldré para enterar­me de lo que me reserva el Destino!”

Iba ya a acostarme, cuando ad­vertí que lo que a primera vista tomé por una enorme roca negra era una espantosa serpiente enroscada sobre sus huevos para incubarlos., Sintió entonces mi carne todo el horror de semejante espectáculo, y la piel se me encogió como una hoja seca y tembló en toda su superficie; y caí al suelo sin conocimiento, y permanecí en tal estado hasta la mañana.

Entonces, al convencerme de que no había sido devorado todavía, tuve alientos para deslizarme hasta la en­trada, separar la roca y lanzarme fuera como ebrio y sin que mis pier­nas pudieran sostenerme de tan ago­tado como me encontraba por la falta de sueño y de comida, y por aquel terror sin tregua.

Miré a mi alrededor, y de repente vi caer a algunos pasos de mi na­riz un gran trozo de carne que chocontra el suelo con estrépido. Aturdido al pronto, alcé los ojos luego para ver quien quería apo­rreárme con aquello; pero no vi a nadie. Entonces me acordé de cierta historia oída antaño en boca de los mercaderes, viajeros y exploradores de la montaña de diamantes, de la que se contaba que, como los busca­dores de diamantes no podían bajar a este valle inaccesible, recurrían a un medio curioso para procurarse esas piedras preciosas. Mataban unos carneros; los partían en cuartos y los arrojaban al fondo del valle, don­de iban a caer sobre las puntas de diamantes, que se incrustaban en ellos profundamente. Entonces se abalanzaban sobre aquella presa los rokhs y las águilas gigantescas, sa­cándola del valle para llevársela a sus nidos en lo alto de las rocas y que sirviera de sustento a sus crías. Los buscadores de diamantes se pre­cipitaban entonces sobre el ave; ha­ciendo muchos gestos y lanzando grandes gritos para obligarla a soltar su presa y a emprender de nuevo el vuelo. Registraban entonces el cuarto de carne y cogían los dia­mantes que tenía adheridos.

Asaltóme a la sazón la idea de que podía tratar aún de salvar mi vida y salir de aquel valle que se me antojó había de ser mi tumba. Me incorporé, pues, y comencé a amon­tonar una gran cantidad de diaman­tes, escogiendo los más gordos y los más hermosos. Me los guardé en to­das partes, abarroté con ellos mis bolsillos, me los introduje entre el traje y la camisa, llené mi turbante y mi calzón, y hasta metía algunos entre los pliegues de mi ropa. Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


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