Y ERA LA 24a. NOCHE
Y la joven. Doniazada, se apresuró a levantarse del tapiz y dijo a Schahrazada:
¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan hermoso de la historia del bello Hassán Badreddin y de su mujer, la hija de su tío Chamseddin: Estabas precisamente en estas palabras: “La abuela lanzó una terrible mirada al eunuco Said, y le dijo...” “¿Qué le dijo?”
Y Schahrazada, sonriendo a su hermana, repuso: “La proseguiré de todo corazón y buena voluntad, pero no sin que este rey tan bien educado me lo permita.”
Entonces, el rey, que aguardaba impaciente el final del relato, dijo a Schahrazada: “Puedes continuar.” Y Schahrazada dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la abuela de Agib se encolerizó mucho, miró al esclavo de una manera terrible, y le dijo: “Pero ¡desdichado! ¡Así has pervertido a este niño! ¿Cómo te atreviste a hacerle entrar en tiendas de cocineros o pasteleros?” A estas palabras de la abuela de Agib, el eunuco, muy asustado, se apresuró a negar, y dijo: “No hemos entrado en ninguna pastelería; no hicimos más que pasar por delante.” Pero Agib insistió tenazmente: “¡Por Alah! Hemos entrado y hemos comido muy bien.” Y maliciosamente añadió: “Y te repito, abuela, que aquel dulce estaba mucho mejor que este que nos ofreces.”
Entonces la abuela se marchó indignada en busca del visir para enterarle de aquel “terrible delito del eunuco de alquitrán”. Y de tal modo excitó al visir contra el esclavo, que Chamseddin, hombre de mal genio, que solía deshogarse a gritos contra la servidumbre, se apresuró a marchar con su cuñada en busca de Agib y el eunuco. Y exclamó: “¡Said! ¿Es cierto que entraste con Agib en una pastelería?” Y el eunuco, aterrado, dijo: “No es cierto, no hemos entrado.” Pero Agib, maliciosamente, repuso: “¡Sí que hemos entrado! ¡Y además, cuánto hemos comido! ¡Ay, abuela! Tan rico estaba, que nos hartamos hasta la nariz. Y luego hemos tomado un sorbete delicioso, con nieve, de lo más exquisito. Y el complaciente pastelero no economizó en nada el azúcar, como la abuela.” Entonces aumentó la ira del visir, y volvió a preguntar al eunuco, pero éste seguía negando. En seguida el visir le dijo: ¡Said! Eres un embustero. Has tenido la audacia de desmentir a este niño, que dice la verdad, y sólo podría creerte si te comieras toda esta terrina preparada por mi cuñada. Así me demostrarías que te hallas en ayunas.”
Entonces, Said, aunque ahíto por la comilona en casa de Badreddin, quiso someterse a la prueba. Y se sentó frente a la terrina, dispuesto a empezar; pero hubo de dejarlo al primer bocado, pues estaba hasta la garganta. Y tuvo que arrojar el bocado que tomó, apresurándose a decir que la víspera había comido tanto en el pabellón con los demás esclavos, que había cogido una indigestión: Pero el visir comprendió en seguida que el eunuco había entrado realmente aquel día en la tienda del pastelero. Y ordenó que los otros esclavos lo tendiesen en tierra, y él mismo, con toda su fuerza, le propinó una gran paliza. Y el eunuco, lleno de golpes, pedía piedad, pero seguía gritando: “¡Oh mi señor, es cierto que cogí una indigestión!” Y como el visir ya se cansaba de pegarle, se detuvo y le dijo: “¡Vamos! ¡Confiesa la verdad!” Entonces el eunuco se decidió y dijo: “Sí, mi señor, es verdad. Hemos entrado en una pastelería en el zoco. Y lo que se nos dio allí de comer era tan rico, que en mi vida probé una cosa semejante. ¡No como este plato horrible y detestable! ¡Par Alah! ¡Qué malo es!”
Entonces el visir se echó a reír de muy buena gana; pero la abuela no pudo dominar su despecho, y dijo: “¡Calla, embustero! ¿A que no traes un plato como éste? Todo eso que has dicho no es más que una invención tuya. Ve, si no, a buscar una terrina de este mismo dulce. Y si la traes, podremos comparar mi trabajo y el de ese pastelero, Mi cuñado será quien juzgue.” Y el eunuco contestó: “No hay inconveniente. “Entonces la abuela le dio medio dinar y una terrina de porcelana, vacía.
Y el eunuco salió, marchando a la pastelería, donde dijo al pastelero “He aquí que acabamos de apostar en favor de ese plata de granada, que sabes hacer, contra otro que han preparado los criados. Aquí tienes medio dinar, pero preséntalo con toda tu pericia, pues, si no, me apalearán de nuevo. Todavía me duelen las costillas.” Entonces Hassán se echó a reír y le dijo: “No tengas cuidado; sólo hay en el mundo una persona que sepa hacer este dulce, y es mi madre. ¡Pero está en un país muy lejano!” `
Después Badreddin llenó muy cuidadosamente la terrina, y aún hubo de mejorarla añadiéndole un poco de almizcle y de agua de rosas. Y el eunuco regresó a toda prisa al campamento. Entonces la abuela de Agib tomó la terrina y se apresuró a probar el dulce, para darse cuenta de su calidad y su sabor. Y apenas lo llevó a los labios, exhaló un grito y cayó de espaldas.
