西语阅读:《一千零一夜》连载二十六(6)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Vi asimismo en aquella isla diver­sas clases de búfalos

Vivimos algún tiempo allá, respi­rando el aire embalsamado; tuve con ello ocasión de cambiar mis diaman­tes, por más oro y plata de lo que podría contener la cala de un navío. ¡Después nos marchamos de allí; y de isla en isla, y de tierra en tierra, y de ciudad en ciudad, admirando a cada paso la obra del Creador; y haciendo acá y allá algunas ventas, compras y cambios, acabamos por bordear Bassra, país de bendición, para ascender hasta Bagdad, mora­da de paz!

Me faltó el tiempo entonces para correr a mi calle y entrar en mi ca­sa, enriquecido con sumas conside~ rables, dinares de oro y hermosos diamantes que no tuve alma para vender. Y he aquí que, tras las efú­siones propias del retorno entre mis parientes y amigos, no dejé de com­portarme generosamente, repartien­do dádivas a mi alrededor, sin olvi­dar a nadie.

Luego, disfruté alegremente de la vida, comiendo manjares exquisitos, bebiendo licores delicados, vistiéndo­me con ricos trajes y sin privarme de la sociedad de las personas deliciosas. Así es que todos los días tenía numerosos visitantes notables que, al oír hablar de mis aventuras; me honraban con su presencia para pedirme que les narrara mis viajes y les pusiera al corriente de lo que sucedía con las tierras lejanas. Y yo experimentaba una verdadera satis­facción instruyéndoles acerca de tan­tos cosas, lo, que inducía a todos a felicitarme por haber escapado de tan terribles peligros, maravillándo­se con mi relato hasta el límite de la maravilla. Y así es como acaba mi segundo viaje.

¡Pero mañana, ¡oh mis amigos! os contaré las peripecias de mi ter­cer viaje, el cual, sin duda, es mu­cho más interesante y estupefaciente que los dos primeros!”

Luego calló Sindbad. Entonces los esclavos sirvieron de comer y de be­ber a todos los invitados, que se ha­llaban prodigiosamente asombrados de cuanto acababan de oír. Después Sindbad el Marino hizo que dieran cien monedas de oro a Sindbad el Cargador, que las admitió, dando muchas gracias, y se marchó invocan­do sobre la cabeza de su huésped las bendiciones de Alah, y llegó a su casa maravillándose de cuanto oca­baba de ver y de escuchar.

Por la mañana se levantó el car­gador Sindbad, hizo la plegaria ma­tinal y volvió a casa del rico Sind­bad, como le indicó éste. Y fue re­cibido cordialmente y tratado con muchos miramientos, e invitado a tomar parte en el festín del día y en los placeres, que duraron toda la jornada. Tras de lo cual, en medio de sus convidados, atentos y graves, Sindbad el Marino empezó su relato de la manera siguiente:

LA TERCERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD

EL MARINO, QUE TRATA DEL TERCER VIAJE

“Sabed, ¡oh mis amigos! -¡Pero Alah sabe las cosas mejor que la criatura!- que con la deliciosa vida de que yo disfrutaba desde el regreso de mi segundo viaje, acabé por per­der completamente, entre las rique­zas y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los peligros que corrí, aburriéndome a la postre de la inacción monótona de mi exis­tencia en Bagdad. Así es que mi al­ma deseó con ardor la mudanza y el espectáculo de las cosas de viaje. Y la misma afición al comercio, con su ganancia y su provecho, me tentó otra vez. En el fondo, siempre la ambición es causa de nuestras desdi­chas. En breve debía yo comprobar­lo del modo más espantoso.

Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después de proveer­me de ricas mercancías del país, par­tí de Bagdad para Bassra. Allí me esperaba un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, todos gente de bien, honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle a uno, por lo que se podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es que no dudé en embarcarme en su compañía dentro de aquel na­vío; y no bien me encontré a bor­do, nos hicimos a la vela con la bendición de Alah para nosotros y para nuestra travesía.

Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra navegación. En to­dos los lugares que abordábamos ha­cíamos negocios excelentes, a la vez que nos paseábamos e instruíamos con todas las cosas nuevas que veía­mos sin cesar. Y nada, verdadera­mente, faltaba a nuestra dicha, y nos hallábamos en el límite del des­ahogo y la opulencia.


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19