西语阅读:《一千零一夜》连载三十(5)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Al ver aquello, llegó al límite del asombro el emir Muza, sin querer insistir más; dijo a sus acompañantes que le siguieran, y continuó su ca­mino, no sabiendo a qué causa atri­buir semejante mutismo. Y se decia el jeique Abdossamad: “¡Por Alah, que nunca vi cosa tan extraordinaria en mis viajes!”

Prosiguieron andando así hasta llegar a la entrada del zoco. Como encontráronse con las puertas abier­tas, penetraron en el interior. El zo­co estaba lleno de gentes que vendían y compraban: y por delante de las tiendas se amontonaban maravillo­sas mercancías. Pero el emir Muza y sus acompañantes notaron que to­dos los compradores y vendedores, como también cuantos se hallaban en el zoco, habíanse detenido, cual pues­tos de común acuerdo, en la postura en que les sorprendieron; y se diría que no esperaban para reanudar sus ocupaciones habituales más que a que se ausentasen los extranjeros. Sin embargo, no parecían prestar la me­nor atención a la presencia de éstos, y contentábanse con expresar por medio del desprecio y la indiferen­cia el disgusto que semejante intru­sión les producía. Y para hacer aún más significativa tan desdeñosa ac­titud, reinaba un silencio genneral al paso de los extraños, hasta el punto de que en el inmenso zoco above­dado, se oían resonar sus pisadas de caminantes solitarios entre la quietud de su alrededor. Y de esta guisa recorrieron el zoco de los joyeros, el zoco de las sederías, el zoco de los guarnicioneros, el zoco de los pa­ñeros, el de los zapateros remendo­nes y el zoco de los mercaderes de especias y sahumerios, sin encontrar por parte alguna el menor gesto be­nevolo u hostil, ni la menor sonrisa de bienvenida o burla.

Cuando cruzaron el zoco de los sahumerios, desembocaron en una plaza inmensa donde deslumbraba la claridad del sol después de acostum­brarse la vista a la dulzura de la luz tamizada de los zocos. Y al fondo, entre columnas de bronce de una al­tura prodigiosa, que servían de pe­destales a enormes pájaros de oro con las alas desplegadas, erguíase un palacio de mármol, flanqueado con torreones de bronce, y guardado por una cadena de guardias, cuyas lanzas y espadas despedían de continuo vi­vos resplandores. Daba acceso a aquel palacio una puerta de oro, por la que entró el emir Muza seguido de sus acompanantes.

Primeramente vieron abrirse a lo largo del edificio una galería soste­nida por columnas de pórfido, y que limitaba un patio con pilas de már­moles de colores; y utilizábase como armería esta galería, pues veíanse allá por doquier, colgadas de las columnas, de las paredes y del techo, armas admirables, maravillas enri­quecidas con incrustaciones precio­sas, y que procedían de todos los paí­ses de la tierra. En torno a la galería se adosaban bancos de ébano de un labrado maravilloso, repujado de plata y oro, y en los que aparecían, sentados o tendidos, guerreros en traje de gala, quienes por cierto, no hicieron movinuento alguno para impedir el paso a los visitantes, ni para animarles a seguir en su asom­brada exploración...

  En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discreta.

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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19