西语阅读:《一千零一夜》连载三十(3)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

“En cuanto a los hombres que habitaban este país, no sé exactamen­te qué fue de ellos, pues me hallo encadenado desde que se acabó nues­tro poderío, ¡Pero si vais a la Ciu­dad de Bronce, quiza os tropeceis con huellas suyas y lleguéis a saber su historia!”

Cuano acabó de hablar el busto, comenzo a agitarse de un modo fre­nético para desligarse de la columna. Y temerosos de que lograra libertarse y les obligara a secundar sus esfuer­zos, el emir Muza y sus acompañan­tes no quisieron pérmanecer más tiempo allí, y se dieron prisa a pro­seguir su camino hacia la ciudad, cuyas torres y murallas veían ya des­tacarse en lontananza.

Cuando sólo estuvieron a una li­gera distancia de la ciudad, como caía la noche y las cosas tomaban a su alrededor un aspecto hostil, pre­firieron esperar al amanecer para acercarse a las puertas; y montaron tiendas donde pasar la noche, por­que estaban rendidos de las fatigas del viaje.

Apenas comenzó el alba por Orien­te a aclarar las cimas de las monta­nas, el emir Muza despertó a sus acompañantes, y se puso con ellos en camino para alcanzar una de las puertas de entrada. Entonces vieron erguirse formidables ante ellos, en medio de la claridad matinal, las mu­rallas de bronce, tan lisas, que di­ríase acababan de salir del molde en que las fundieron. Era tanta su altura, que parecian como una pri­mera cadena de los montes gigantes­cos que las rodeaban, y en cuyos flancos incrustábanse cual nacidas allí mismo con el metal de que se hicieron.

Cuando pudieron salir de la in­movilidad que les produjo aquel es­pectáculo sorprendente, buscaron con la vista alguna puerta por donde en­trar a la ciudad. Pero no dieron con ella. Entonces echaron a andar bor­deando las murallas, siempre en es­pera de encontrar la entrada. Pero no vieron entrada ninguna. Y si­guieron andando todavía horas y horas sin ver puerta ni brecha alguna, ni nadie que se dirigiese a la ciudad o saliese de ella. Y a pesar de estar ya muy ayanzado el día, no oyeron dentro ni fuera de las murallas el menor rumor, ni tampoco notaron el menor movimiento arriba ni al pie de los muros. Pero el emir Muza no perdió la esperanza, animando a sus acompañantes para que anduvie­sen más aún; y caminaron así hasta la noche, y siempre veían desplegarse ante ellos la línea inflexible de murallas de bronce que seguían la ca­rrera del sol por valles y costas, y parecían surguir del propio seno de la tierra.

Entonces el emir Muza ordenó a sus acompañantes que hicieran alto para descansar y comer. Y se sentó con ellos durante algún tiempo, re­flexionando acerca de la situación.

Cuando hubo descansado, dijo a sus compañeros que se quedaran allí vigilando el campamento hasta su regreso, y seguido del jeique Abdossamad y de Taleb ben-Sehl, trepó con ellos a una alta montaña con el propósito de inspeccionar los alrededores y reconocer aquella ciu­dad que no quería dejarse violar por las tentativas humanas...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discreta.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 343 NOCHE

Ella dijo:

... aquella ciudad que no quería dejarse violar por las tentativas hu­manas.

Al principio no pudieron distin­guir nada en las tinieblas, porque ya la noche había espesado sus sombras sobre la llanura; pero de pronto hí­zose un vivo resplandor por Oriente, y en la cima de la montaña apareció la luna, iluminando cielo y tierra con un parpadeo de sus ojos. Y a sus plantas desplegóse un espectácu­lo que les contuvo la respiración.

Estaban viendo una ciudad de sue­ño.

Bajo el blanco cendal que caía de la altura, en toda la extensión que podría abarcar la mirada fija en los horizontes hundidos en la noche, aparecían dentro del recinto de bron­ce cúpulas de palacios, terrazas de casas, apacibles jardines, y a la som­bra de los macizos, brillaban los ca­nales que iban a morir en un mar de metal, cuyo seno frío reflejaban las luces del cielo. Y el bronce de las murallas, las pedrerías encendi­das de las cúpulas, las terrazas cán­didas, los canales y el mar entero, así como las sombras proyectadas por Occidente, amalgamábanse bajo la brisa nocturna y la luna mágica. Sin embargo, aquella inmensidad estaba sepultada, como en una tum­ba, en el universal silencio. Allá dentro no había ni un vestigio de vi­da humana. Pero he aquí que con un mismo gesto, quieto, destacában se sobre monumentales zócalos altas figuras de bronce, enormes jinetes tallados en mármol, animales alados que se inmovilizaban en un vuelo es­téril; y los únicos seres dotados de movimiento en aquella quietud, eran millares, de inmensos vampiros que daban vueltas a ras de los edificios bajo el cielo, mientras búhos invisi­bles turbaban el estático silencio con sus lamentos y sus voces fúnebres en los palacios muertos y las terrazas solitarias.

Cuando saciaron, su mirada con aquel espectáculo extraño, el emir Muza y sus compañeros, bajaron de la montaña, asombrándose en extre­mo por no haber advertido en aque­lla ciudad inmensa la huella de un ser humano vivo. Y ya al pie de los muros de bronce, llegaron a un lu­gar donde vieron cuatro inscripcio­nes grabadas en caracteres jonicos, y que en seguida descifró y tradujo al emir Muza el jeique Abdossamad. Decía la primera inscripción:


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19