西语阅读:《一千零一夜》连载三十四(6)

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Entonces quisieron, interrogar al esposo, y miraron hacia el lado del lecho en que creían que aún estaría acostado; pero, precisamente en el mismo momento en que entraron ellas, había salido él de la habitación para lavarse todas las inmundicias con que tenía embadurnada la cara. Y creyeron que había ido al ham­man del palacio para tomar el ba­ño, como es costmbre después de la consumación del acto. Y de nue­vo se volvieron hacia su hija y le interrogaron ansiosamente, con el gesto, con la mirada y con la voz, acerca del motivo de sus lágrimas y su tristeza. Y como continuara ella callada, creyeron que sólo era el pudor propio de la primera noche de bodas lo que la impedía hablar, y que sus lagrimas eran lágrimas propias de las circunstancias, y espe­raron un momento. Pero como la situación amenazaba con durar mu­cho tiempo y el llanto de la princesa aumentaba, a la reina la faltó pa­ciencia; y acabó por decir a la prin­cesa, con tono malhumoarado: “Va­ya, hija mía, ¿quieres contestarme y contestar a tu padre ya? ¿Y vas a seguir así por mucho rato todavía? También yo, hija mía, estuve recién casada como tú y antes que tú; pe­ro supe tener tacto para no prolon­gar con exceso esas actitudes de ga­llina asustada. ¡Y además, te olvidas de que al presente nos estás faltan­do al respeto que nos debes con no contestar a nuestras preguntas!”

Al oír estas palabras de su madre, que se había puesto seria, la pobre princesa, abrumada en todos senti­dos a la vez, se vio obligada a salir del silencio que guardaba, y lanzan­do un suspiro prolongado y muy triste, contestó: “¡Alah me perdone si falté al respeto que debo a mi pa­dre y mi madre; pero me disculpa el hecho de estar en extrenio turba­da y muy emocionada y muy triste y muy estupefacta de todo lo que me ha ocurrido esta noche!” Y con­tó todo lo que le había sucedido la noche anterior, no como las cosas habían pasado realmente, sino sólo como pudo juzgar acerca de ellas con sus ojos. Dijo que apenas se acostó en el lecho al lado de su es­poso, el hijo del visir, había sentido conmoverse el lecho debajo de ella; que se había visto transportada en un abrir y cerrar de ojos desde la cámara nupcial a una casa que ja­más había visitado antes; que la ha­bían separado de su esposo, sin que pudiese ella saber de qué manera le habían sacado y reintegrado lue­go; que le había reemplazado, du­rante toda la noche, un joven her­moso, muy respetuoso desde luego y en extrema atento, el cual, para no verse expuesto a abusar de ella, ha­bía dejado su sable desenvainado en­tre ambos y se había dormido con la cara vuelta a la pared; y por úl­timo, que a la mañana, vuelto ya al lecho su esposo, de nuevo se la había transportado con él a su cá­mara nupcial del palacio, apresuran­dose él a levantarse para correr al hammam con objeto de limpiarse un cúmulo de cosas horribles, que le cubrían la cara. Y añadió: “¡Y en ese momento vi entrar a ambos para darme los buenos días y pedirme no­ticias! ¡Ay de mí! ¡Ya sólo me res­ta morir!” Y tras de hablar así, es­condió la cabeza en las almohadas, sacudida por sollozos dolorosos.

Ciando el sultán y su esposa oye­ron estas palabras de su hija Badrú'l-­Budur, se quedaron estupefactos, y mirándose con los ojos en blanco y las caras alargadas, sin dudar ya de que hubiese ella perdido la razón aquella noche en que su virginidad fue herida por primera vez., Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras; y su madre le dijo con voz confidencial: “¡Así ocurren siempre estas cosas, hija mía! ¡Pero guárdate bien de decírselo a nadie, porque es­tas cosas no se cuentan nunca! ¡Y las personas que te oyeran te toma­rían por loca! Levántate, pues, y no te preoupes por eso, y procura no turbar con tu mala cara los festejos que se dan hoy en palacio en henar tuyo, y que van a durar cuarenta días y cuarenta noches, no solamente en nuestra ciudad, sino en todo el reino. ¡Vamos, hija mía, alégrate y olvida ya los diversos incidentes de esta noche!”

Luego la reina llamó a sus muje­res y las encargó que se cuidaran del tocado de la princesa; y con el sultán, que estaba muy perplejo, sa­lió en busca de su yerno, el hija del visir. Y acabaron por encontrárle cuando volvía del hamman. Y para saber a qué atenerse con respecto a lo que decía su hija, la reina empe­zó a interrogar al asustado joven acerca de lo que había pasado. Pe­ro no quiso él declarar nada de lo que hubo de sufrir, y ocultando toda la aventura por miedo de que le to­mara a broma y le rechazaran otra vez los padres de su esposa, se limi­tó a contestar: “¡Por Alah! ¿y qué ha pasado para que me .interroguéis con ese aspecto tan singular?” Y en­tonces, cada vez más persuadida la sultana de que todo lo que le había contado su hija era efecto de alguna pesadilla, creyó lo más oportuno no insistir con su yerno, y le dijo: “¡Glo­rificado sea Alah, por todo lo que pasó sin daño ni dolor! ¡Te reco­miendo, hijo mío, mucha suavidad con tu esposa, porque está delicada!”

Y después de estas palabras le dejó y fue a sus aposentos para ocu­parse de los regocijos y diversiones del día. ¡Y he aquí lo referente a ella y a los recién casados!

En cuanto a Aladino, que sospe­chaba lo que ocurría en palacio, pa­só el día deleitándose al pensar en la broma excelente de que acababa de hacer víctima al hijo del visir. Pero no se dio por satisfecho, y qui­so saborear hasta el fin la humilla­ciáis de su rival. Así es que le pareció lo más acertado no dejarle un momento de tranquilidad; y en cuan­to llegó la noche cogió la lámpara y la frotó. Y se le apareció el genni, pronunciando la misma fórmula que las otras veces. Y le dijo Aladi­no: “¡Oh servidor de la lámpara, ve al palacio del sultán! Y en cuanta veas acostados juntos a los recién ca­sados, cógelos con lecho y todo y tráemelos aquí, como hiciste la noche anterior.” Y el genni se apresuró a ejecutar la orden, y no tardó en vol­ver con su carga, depositándola en el cuarto de Aladino para coger en se­guida al hijo del visir y meterle de cabeza en el retrete. Y no dejó Ala­dino de ocupar el sitio vacío y de acostarse al lado de la princesa, pero con tanta decencia como la vez pri­mera. Y tras de colocar el sable en­tre ambos, se volvió de cara a la pa­red y se durmió tranquilamente. Y al siguiente día todo ocurrió exacta­mente igual que la víspera, pues el efrit, siguiendo las órdenes de Ala­dino, volvió a dejar al joven junto a Badrú'l-Budur, y les transportó a ambos con el lecho a la cámara nup­cial del palacio del sultán.

Pero el sultán, mas impaciente que nunca por saber de su hija des­pués de la segunda noche, llegó a la cámara nupcial en aquel mismo mo­mentol completamente solo, porque temía el malhumor de su esposa la sultana y prefería interrogar por sí mismo a la princesa. Y no bien el hijo del visir, en el límite de la mor­tificación, oyó los pasos del sultán, saltó del lecho y huyó fuera de la habitación para correr a limpiarse en el hammam. Y entró el sultán y se acercó al lecho de su hija; y levantó las cortinas; y después de besar a la princesa, le dijo: “¡Supongo, hija mía, que esta noche no habrás teni­do una pesadilla tan horrible como la que ayer nos contaste con sus ex­travagantes peripecias! ¡Vaya! ¿quie­res decirme cómo has pasado esta noche?” Pero en vez de contestar, la princesa rompió en sollozos, y se tapó la cara con las manos para no ver las ojos irritados de su padre, que no comprendía nada de todo aquello. Y estuvo esperando él un buen rato para. darle tiempo a que se calmase; pero como ella continua­ra llorando y suspirando, acabó por enfurecerse y sacó su sable, y ex­clamó: “¡Por mi vida, que si no quieres decirme en seguida la ver­dad, te separo de los hombros la cabeza!”


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19