西语阅读:《一千零一夜》连载三十八(4)

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En efecto, mientras Morgana es­taba en su cocina, fregando los platos y cacerolas, la lámpara fal­ta de aceite, se apagó. Precisamen­te la provisión de aceite de la ca­sa se había acabado y Morgana, que había olvidado proveerse duran­te el día, se contrarió mucho y lla­mó a Abdalá, el nuevo esclavo de Alí Babá, a quien hizo partícipe de su contrariedad; éste comenzó a reír y dijo: “¡Por Alah, oh Morgana! Hermana mía, ¿cómo puedes decirme que no tenemos aceite en la casa cuando en este momento hay en el patio, apoyadas contra el muro, treinta y ocho tinajas llenas de acei­te de oliva y que; a juzgar por el olor, debe ser de excelente calidad? ¡Hermana mía!, no veo en ti la di­ligencia, entendimiento y recursos de Morgana;” Después añadió: “¡Her­mana mía, me vuelvo a dormir para poder levantarme con la aurora a fin de acompañar al baño a nuestro amo Alí Babá!”, y se fue a dormir no lejos de donde el mercader de acei­te resoplaba como un fuelle.

Morgana algo confundida por las palabras de Abdalá, tomó la vasija del aceite y fue al patio a llenarla en una de las tinajas. Se aproximó a la primera de ellas, la destapó y me­tió la vasija en la abertura, pero el cacharro, en lugar de sumergirse en aceite, chocó violentamente con­tra algo residente; aquella cosa se movió y se oyó una voz que decía: “¡Por Alah! ¡El guijarro que ha lan­zado el jefe debe ser del tamaño de una roca, por lo menos! ¡Éste es el momento!” y sacando la cabeza, se aprestó a salir de la tinaja. Mor­gana al encontrar a un ser viviente en aquella tinaja en lugar del aceite que esperaba, pensó que había lle­gado la hora de su destino, y, muy sorprendida en un principio, no pu­do dejar de pensar: ,”¡Soy muerta y todos los habitantes de la casa “perecerán sin remedio!; pero la vio­lencia de su emoción le devolvió todo su coraje y en vez de comen­zar a gritar aterrada, se inclinó so­bre la boca de la tinaja y dijo: “¡No, mozo, no! Tu amo duerme todavia. Espera que se despierte.”

Morgana era muy sagaz y lo había adivinado todo, pero para comprobar la gravedad de la situación quiso ins­peccionar las demás tinajas. Aunque la tentativa no dejaba de ser peligro­sa, se aproximó a cada, una, y, tan­teando la cabeza que asomaba tan pronto como la destapaba, decía: “¡Paciencia y .hasta luego!”; de esta manera contó hasta treinta y siete ca­bezas barbudas y vio que la tinaja númetro treinta y ocho era la única que estaba llena de aceite. Entonces, tomó la vasija y, con calma, fue a encender su lámpara para poder po­ner en ejecución el proyecto que su ingenio le había sugerido para sor­tear el peligro inminente.

De vuelta al patio, encendió fuego bajo la caldera que servia para la co­lada, y, sirviéndose de la vasija, la llenó de aceite; como el fuego estaba fuerte, el líquido no tardó en hervir. Entonces, llenó un gran cubo con aquel aceite hirviendo, aproximando­se a una tinaja, la destapó, vertiendo de golpe el liquido abrasador sobre la cabeza que intentaba salir, y al mo­mento, el bandido murió abrasado. Morgana, con mano segura, hizo correr la misma suerte a todos los que estaban encerrados en las tinajas y todos murieron abrasados, pues nin­gún hombre, aunque estuviese ence­rrado en una tinaja de siete paredes podría escapar al destino atado a su cuello. Una ves que realizó su designio, Morgana apagó el fuego, y, cubriendo las bocas de las tinajas con la fibra de palmera, regresó a la cocina, apagó la linterna, y que­dó a oscuras, resuelta a esperar el desenlace del asunto, que no se hizo esperar mucho tiempo.

En efecto, hacia la medianoche, el mercader de aceite se despertó y asomó la cabeza por la ventana que daba al patio, y no viendo ni oyendo nada, pensó que todos los de la casa debían estar durmiendo. Tal como había dicho a sus hom­bres, arrojó sobre las tinajas unos guijarros- que con él llevaba; co­mo tenía el ojo seguro y la mano hábil acertó todos los blancos y esperó, no dudando de que vería surgir a sus hombres blandiendo las armas, mas nada sucedió. Pensando que se habían dormido, les arrojó mas guijarros, pero no apareció ca­beza alguna. El jefe de los bandidos se irritó mucho con sus hombres, a los que creía dormidos, y se dirigió hacia ellos, pensando: “¡Hijos de pe­rrol ¡No valen para nada!”, pero al acercarse a las tinajas hubo de re­troceder, tan espantoso era el olor a aceite quemado y a carne abrasada que exhalaban. Se aproximó de nue­vo y tocando las paredes de una de ellas sintió que estaban tan calien­tes como las paredes de un horno y levantando las tapas vio a sus hom­bres, uno tras otro, humeantes y sin vida.

A la vista de este espectáculo, el jefe de los ladrones comprendió de qué manera tan atroz habían pe­recido sus hombres, y, dando un sal­to prodigioso, alcanzó la cima del muro, se descolgó a la calle, y dan­do sus piernas al viento se perdió en la oscuridad de la noche.

En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 859 NOCHE


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