西语阅读:《一千零一夜》连载三十八(3)

网络资源 Freekaoyan.com/2008-04-17

Cuando los malhechores, aleccio­nados por su compañero, entraron de dos en dos en la ciudad y se dirigieron a la casa señalada, se asombraron mucho al ver que to­das las puertas ele las casas de aque­lla calle tenían la misma señal. A una orden de su jefe regresaron a su cueva del bosque y una vez que estuvieron todos reunidos de nuevo, arrastraron hasta el centro del circu­lo que formaban al ladrón que tan mal había tomado sus precauciones y le condenaron a muerte; a conti­nuación y a una señal del jefe, le cortaron la cabeza. Pero como la ne­cesidad de encontrar al autor de to­do aquel asunto era más urgente que nunca, un segundo ladrón se ofreció a ir a investigar; el jefe escuchó la oferta con agrado y el ladrón par­tió de inmediato para la ciudad, don­se se puso en contacto con, el jeique Mustafá y se hizo conducir hasta la casa en la que se presumía fue­ron cosidos los seis trozos, e hizo en uno de los ángulos de la puerta una señal roja y regresó al bosque­

Cuando los ladrones, guiados por su compañero; llegaron a la calle de Ali Babá, encontraron que todas las puertas estaban marcadas con una señal roja, exactamente en el mismo sitio, ya que la sutil Morgana, al igual que la primera vez, había to­mado sus precauciones.

A su retorno a la caverna, la cabe­za del segundo ladrón-guía, siguió la misma suerte que la de su predece­sor, pero aquello no contribuyó a arreglar el asunto y sólo sirvió para disminuir la tropa en dos hombres, los más valerosos. El jefe reflexionó un buen rato acerca de la situación y dijo: “No encargaré este asunto a nadie más que a mí mismo”; y par­tió solo para la ciudad. Una vez en ella, no hizo como los demás, pues cuando Mustafá le hubo indicado la casa de Alí Babá no perdió el tiem­po marcando la puerta con yeso, si­no que observó atentamente su ex­terior para fijarlo en su memoria, ya que desde fuera aquella casa ofre­cía el mismo aspecto que todas las demás; cuando terminó su examen, regresó al bosque y reuniendo, a los treinta y siete ladrones supervivien­tes les dijo: “El autor del daño que hemos sufrido está descubierto, pues­to que conozco su casa. ¡Por Alah, que su castigo será terrtble! Por vuestra parte, daos prisa en traerme aquí treinta y ocho grandes tinajas de barro, de cuello largo y vientre ancho, todas vacías, excepto una que llenaréis de aceite de oliva; además, cuidad de que ninguna esté rajada.”

Los ladrones que estaban habitua­dos a ejecutar sin rechistar las órde­nes de su jefe, marcharon al mercado para comprar as treinta y ocho tinajas, que una vez compradas, car­garon de dos en dos en los caballos y regresaron al bosque. Reunidos de nuevo, el jefe dijo: “¡Despojaos de vuestras ropas y que cada uno se meta en una tinaja llevando única­mente sus armas, su turbante y sus babuchas.” Sin decir palabra, los treinta y siete ladrones saltaron de dos en dos sobre los caballos porta­dores de tinajas y como cada ca­ballo llevaba un par de aquéllas, una a la derecha y otra a la izquierda, cada bandido se dejó caer en una. De esta manera, se encontraron re­plegados sobre ellos mismos, con las rodillas tocando las barbillas, igual que están los pollos en el huevo a los veinte días. Se colocaron llevando en una mano la cimitarra y en otra un hatillo y las babuchas en el fondo de la tinaja. La única que iba llena de aceite iba de pareja con el ladrón que hacía el número treinta y siete.

Cuando los ladrones terminaron de colocarse -en las tinajas lo más cómodamente posible, el jefe se acercó y examinándolas una por una, cerró las bocas de los recípien­tes con fibra de palmera, a ñn de ocultar el contenido y al mismo tiempo, permitir a sus hombres res­pirar libremente. Para que los vian­dantes no pudiesen abrigar duda al­guna del contenido, tomó aceite de la tinaja que estaba llena y frotó con él las paredes externas de las demás tinajas. Entonces, el jefe se disfrazó, de mercader de aceite y conduciendo los caballos portadores der aquella mercancía improvisada se dirigió hacia la ciudad. Alah le pro­tegió y llegó sin contratiempo, por la tarde, ante la casa de Alí Babá, y para que todo se acabase de po­ner a su favor, Alí Babá en persona estaba a la puerta de su casa, sen­tado en el umbral, tomando el fres­co antes de la oración de la tarde.

En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 858 NOCHE

Ella dijo:

“El jefe detuvo los caballos. y después de saludar, a Alí Babá, le dijo: “¡Oh mi dueño! Tu esclavo es mercader de aceite y no sabe dónde ir a pasar la noche en una ciudad en la que no conoce a nadie, y es­pera de tu generosidad que le con­cedas hospitalidad hasta mañana, a él y a sus bestias, en el patio, de tu casa.” Al oír esta petición, el cora­zón de Alí Babá se ablandó acor­dándose de los tiempos en que fue pobre y, lejos de reconocer al jefe de los ladrones, al que había visto y oído en el bosque, se levantó en su honor y dijo: “¡Oh mercader de aceite! ¡Hermano mío, que mi mo­rada te sirva de descanso y que en ella puedas encontrar ayuda y fami­lia! ¡Sé bien venido!”; mientras ha­blaba le cogió de la mano y junto con los caballos, le condujo hasta el patio, y llamando a Morgana y a otro esclavo, les ordeno que ayuda­sen al huésped de Alah a descargar las vasijas y dar de comer a los ani­males. Cuando las vasijas estuvieron colocadas en buen orden en un ex­tremo del patio y los caballos ata­dos junto al muro y colgando del cuello de cada uno un saco lleno de avena, Alí Babá, siempre tan afa­ble, tomó a su huésped de la mano y le condujo al interior de la casa, donde le hizo sentar en el sitio de honor para tomar la comida de la tarde. Después que hubieron comí­do, bebido y dado las gracias a Alah por sus favores; Alí Babá, no que­riendo incomodar a su huésped, se retiró diciendo: “¡Oh mi dueño! ¡Mi casa es tu casa y lo que hay en ella, te pertenece!” Pero el mercader de aceite le llamó y le dijo: “¡Por Alah, oh mi huésped! Muéstrame el sitio de tu honorable casa en el que pue­da dar descanso a mis intestinos”; Alí Babá le condujo al lugar indica­do, que estaba situado en un ángulo de la casa, cerca de donde estaban las tinajas, y se apresuró a retirarse a fin de no perturbar las funciones digestivas del mercader de aceite.

Y, en efecto, el jefe de los bandi­dos no dejó de hacer lo que tenía que hacer; cuando terminó se aproximó a las tinajas, e inclinándose sobre cada una de ellas, dijo en voz baja: “Cuando oigas que unas piedrecitas golpean tu tinaja, no olvides salir y acudir junto a mí” y habiendo or­denado a su gente lo que debía ha­cer, penetró en la casa. Morgana, que le esperaba a la puerta de la cocina con una lámpara de aceite en la mano, le condujo a la habitación que le había preparado y se retiró. El bandido, por estar mejor dispuesto para la ejecución de su proyecto, se tendió sobre el lecho en el que pensaba dormir hasta la media no­che, y no tardó en roncar estrépito­samente. Y entonces pasó lo que de­bía pasar.


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    本站小编 Free壹佰分学习网 2022-09-19